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miércoles, 25 de marzo de 2026

Creencias “fake”. Dos ejemplos

Hace unos años se supo que el cuadro “El coloso” de Goya, no es de Goya ni se sabe muy bien quién pudo pintarlo.
 
Hace unos años se descubrió que la famosa foto “Muerte de un miliciano” tomada por Robert Capa durante la guerra civil, sólo era un montaje con un modelo fingiendo que le han disparado.
 
Sólo son dos ejemplos. Muchos años alabando un cuadro de un famoso pintor y un buen día descubrimos que no lo pintó él sino un desconocido. Muchos años alabando aquella fotografía que nos mostraba la muerte en directo y resulta que todo era un montaje.
 
En el primer caso, como entendidos en pintura hay pocos, pocos son también los que hablan de este cuadro que durante tanto tiempo se atribuyó a Goya y hoy no sabemos quién lo pintó. En el segundo caso, han dado tanta publicidad a esa foto algunos partidos políticos que aún hoy hay mucha gente que sigue creyendo que ésa foto se tomó en el mismo momento en que una bala impactó en el miliciano y no se cree –aunque se lo digan los expertos- que sólo era un montaje.
 
Y así un día tras otro... ¿Hay algo de verdad en este mundo? Quizás la única verdad es que todo es mentira, una ilusión de los sentidos que no somos capaces de descubrir...
 

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domingo, 8 de marzo de 2026

Ver más allá de tu propia sombra

Hay personas que, durante un tiempo limitado –unas semanas, unos meses–, deciden cortar por lo sano con uno de sus hábitos más arraigados: dejan de beber alcohol, se someten a una dieta estricta, abandonan el tabaco o el café... y, al cabo, regresan a su rutina diaria con una energía renovada, como si hubieran recargado pilas. Es una pausa táctica, un reset controlado para volver más fuertes.
 
Pero hay otras –muy pocas, y que rara vez aguantan mucho– que optan por una desconexión más radical: se apartan del ruido externo, escapan de la esclavitud del móvil y las redes sociales. Es lo que podríamos llamar un “celibato informativo”: un voto de castidad con las noticias, los titulares, los hilos interminables, las notificaciones y el scroll compulsivo.
 
Como dice un personaje en una novela: «La mayoría de las veces comprendo que no me he perdido gran cosa». Y añade: «Vivimos bajo un diluvio de desinformación, de rumores y de muy pocas noticias decisivas. Durante esas semanas, me dedico a buscar otro tipo de información: la que llevo en mi interior».
 
Si alguien piensa que el libro del que hablo es un tratado filosófico profundo o un ensayo de autoayuda espiritual, se equivoca. Se trata de una novela policiaca, de esas que se leen de un tirón en el sofá con una taza de té. Precisamente por eso el mensaje cala más hondo: no hace falta un monje en el Himalaya ni un gurú de renombre para darse cuenta. Basta con apagar el teléfono unos días y prestar atención a lo que realmente importa: tus propios pensamientos, tus sensaciones, tus prioridades sin filtro externo.
 
En esa novela negra –o gris, según se mire–, el protagonista descubre que el mundo no se para sin él. Que los grandes titulares de ayer ya son papel mojado hoy. Que el “diluvio” de información es más ruido que sustancia, más ansiedad fabricada que verdad reveladora. Y que, al desconectar, accede a una fuente mucho más fiable y escasa: la que brota de dentro.
 
Esto no es postureo zen ni rechazo snob al mundo moderno. Es pragmatismo puro. En una sociedad en donde la desinformación viaja más rápido que la verdad, donde cada notificación busca secuestrar tu atención y donde el algoritmo premia el enfado y el miedo, tomarse un respiro no es un lujo: es supervivencia mental.
 
La mayoría no lo hace porque da miedo: ¿y si me pierdo algo importante? ¿Y si el grupo de WhatsApp arde sin mí? ¿Y si el mundo se derrumba y yo no me entero? Pero los que lo prueban suelen volver con la misma conclusión: no te perdiste gran cosa. O, peor aún, te perdiste la oportunidad de escucharte a ti mismo.
 
Ver más allá de tu propia sombra no requiere iluminación mística. A veces basta con apagar la pantalla, cerrar la app y mirar hacia dentro. Aunque sea solo unas semanas. Aunque luego vuelvas al diluvio. Porque, al menos por un rato, habrás respirado aire limpio. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho.
 

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