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lunes, 30 de marzo de 2026

El público elige a Santiago Segura. El Estado financia a casi todos los demás

Una encuesta del diario El Debate entre más de 50 cineastas españoles revela una fractura profunda entre los gustos del espectador y el cine que subvenciona la Administración y ensalzan los críticos. Almodóvar, símbolo del cine de autor subvencionado, apenas roza el 1,3%.
 
Los números no admiten matices. En una encuesta elaborada por El Debate entre más de cincuenta cineastas españoles, Santiago Segura —el director de Torrente y sus secuelas, el cineasta más taquillero de la historia del cine español— se alza como el favorito del público con una mayoría aplastante: el 57,4% de los votos. El segundo clasificado, J.A. Bayona, apenas alcanza el 5,4%. Entre ambos, un abismo de 52 puntos porcentuales que dice mucho sobre dónde están los espectadores y dónde están quienes deciden qué cine merece dinero público.
 
El resultado es, en cierta medida, un termómetro de la desconexión entre las instituciones culturales y el ciudadano de a pie. Las películas de Segura ha llenado cines durante casi tres décadas sin necesitar el favor de los son son objeto de mofa en los círculos cinéfilos, ignoradas en los premios Goya cuando no directamente ninguneadas, y sin embargo el público las ha visto en masa: la saga Torrente acumula más de 30 millones de espectadores.
 
«El público vota con los pies en las salas. El Estado vota con el dinero de todos los contribuyentes. Rara vez coinciden.»
 
El caso Almodóvar: un símbolo incómodo
 
Si hay un dato que resume la paradoja, es el de Pedro Almodóvar. El director manchego es, con diferencia, el cineasta español más subvencionado, más premiado internacionalmente y más alabado por la crítica en las últimas cuatro décadas. Su nombre es sinónimo de "cine español" para millones de espectadores en el mundo. Y sin embargo, en esta encuesta, queda duodécimo con apenas un 1,3% de los votos. Por detrás, incluso, de Rodrigo Sorogoyen —un cineasta talentoso pero de circuito mucho más reducido— y a años luz de Santiago Segura.
 
La explicación no es que el público odie a Almodóvar. Es que sus últimas películas —Madres paralelasLa habitación de al lado— han sido recibidas con tibieza en las taquillas españolas mientras sus presupuestos y sus alfombras rojas seguían creciendo. El divorcio entre la repercusión institucional y el interés real del espectador se ha vuelto estructural.
 
El modelo de las subvenciones, en el banquillo
 
España lleva décadas financiando un modelo cinematográfico en el que el Estado actúa como productor de hecho, a través del ICAA y las televisiones públicas, priorizando películas de autor, comprometidas socialmente o representativas de "diversidades" varias. El resultado es una cartelera que, con frecuencia, exhibe títulos respaldados con dinero público que no llegan a los 10.000 espectadores. Obras que circulan de festival en festival, recogen algún galardón, son mencionadas en los medios culturales y desaparecen sin dejar huella en el gran público.
 
Frente a ese modelo, directores como Segura, Bayona o Álex de la Iglesia han construido sus carreras sobre la taquilla, el género y el entretenimiento popular. No son directores que desdeñen la calidad —Bayona ha dirigido películas técnicamente impecables y de enorme alcance mundial—, pero comparten una filosofía: el cine existe cuando hay alguien al otro lado de la pantalla.
 
La crítica y el espectador hablan idiomas distintos
 
Isabel Coixet, Carlos Vermut o el trío vasco compuesto por Garaño, Goenaga y Arregi son nombres habituales en los festivales, en las páginas de los suplementos culturales y en las listas de los mejores directores según los críticos. Sus porcentajes en esta encuesta —entre el 1,8% y el 2,9%— revelan que su influencia mediática no se traduce en reconocimiento popular masivo. No es un juicio sobre su talento. Es una constatación de que el circuito en el que operan es esencialmente autorreferencial: se premia entre quienes ya están convencidos.
 
Una encuesta que incomoda
 
La encuesta de El Debate no pretende ser un estudio académico ni una muestra estadísticamente perfecta. Pero su resultado es lo suficientemente contundente como para incomodar a quienes diseñan la política cinematográfica española. Más de la mitad de los encuestados eligió al director que el sistema nunca ha querido del todo, al que los Goya han tratado con condescendencia y al que la crítica seria raramente toma en serio. Y lo eligieron como el mejor.
 
Quizá el problema no sea Santiago Segura. Quizá el problema sea que llevamos demasiados años con un Gobierno que quiere adoctrinar a través del cine, en vez de divertir y entretener al espectador. Y esto último es lo que siempre han esperado del cine los ciudadanos.
 

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sábado, 21 de marzo de 2026

Santiago Segura, 11 – Pedro Almodóvar, 3

Este es el resultado que marcan hoy los cines españoles, 11 a 3 a favor de Santiago Segura frente a Pedro Almodóvar; un fiel reflejo de lo que el público quiere ver cuando va al cine, y un claro reflejo también de que estamos muy necesitados de risas y vamos sobrados de dramas.
 
El ejemplo ilustrativo que da pie a este “marcador deportivo” lo tenemos en los multicines de La Vaguada (Madrid). En un día como hoy, la película de Santiago Segura “Torrente presidente” se da en 11 pases mientras que la película de Pedro Almodóvar, “Amarga Navidad” sólo se da en tres pases.
 
El primero, Segura, hace un cine para divertir al público, para que se lo pase bien; el segundo, Almodóvar, un cine retorcido, rebuscado y dramático que acongoja al público. El primero, Segura, no recibe premios ni subvenciones; el segundo, Almodóvar, recibe premios y subvenciones; pero al final el público es el que dicta sentencia y prefiere reír a llorar. Porque, tal y como están las cosas en nuestro país, más nos vale reír un poco.
 

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El rey de los cameos

Santiago Segura ha convertido la aparición estelar fugaz en una de las señas de identidad más potentes del cine español contemporáneo. Desde que en 1998 irrumpió en las pantallas con “Torrente, el brazo tonto de la ley”, el actor y director madrileño ha hecho de los cameos no solo un recurso cómico recurrente, sino todo un arte capaz de generar expectación, risas y, sobre todo, conversación entre el público. Con la saga Torrente como lienzo principal, Segura ha elevado estas breves intervenciones a la categoría de aliciente principal para muchos espectadores, que acuden a las salas no solo por la irreverencia de este peculiar antihéroe, sino por el juego de adivinar quién aparecerá de sorpresa en el siguiente plano.
 
A lo largo de las cinco entregas anteriores, la fórmula se ha repetido con éxito: rostros conocidos del espectáculo, la televisión, el deporte o incluso la aristocracia cruzaban la pantalla por unos segundos o minutos, siempre en clave de humor absurdo, autocrítico o directamente descarado. Desde deportistas y cantantes hasta figuras mediáticas o políticos retirados, Segura ha demostrado una habilidad especial para convencer a personalidades de lo más variopinto de sumarse a su universo caótico. Esos guiños inesperados funcionan como pequeñas bombas de sorpresa que mantienen al espectador en alerta constante, convirtiendo cada visionado en una caza del tesoro cómica. “¿Por qué no hacer ese regalo a los fans?”, ha declarado el propio Segura en varias ocasiones, defendiendo el secreto absoluto alrededor de estas apariciones para maximizar el factor sorpresa.
 
Con Torrente presidente, la sexta entrega de la saga que llega a los cines en marzo de 2026, Santiago Segura lleva esta tradición a su máxima expresión. La película se transforma en un auténtico festival de cameos, un desfile interminable de caras conocidas que abarcan desde el mundo de la televisión y la prensa hasta el espectáculo internacional. El film se convierte en un espejo distorsionado y satírico de la actualidad política y mediática española, donde periodistas, presentadores, colaboradores de programas estrella, humoristas y hasta figuras de la política reciente se cruzan en el camino del incorregible José Luis Torrente. La cinta no deja títere con cabeza y multiplica las apariciones hasta el punto de que resulta casi imposible captarlas todas en un solo pase.
 
Lo que hace único este capítulo es cómo Segura ha logrado que los cameos no sean meros adornos, sino que formen parte orgánica del engranaje narrativo y satírico. Cada aparición breve contribuye a reforzar el tono esperpéntico de la propuesta, engancha al espectador en una dinámica de “¿quién viene ahora?” y genera esa complicidad inmediata que ha convertido a la saga en un fenómeno de culto popular. El director ha jugado con el secretismo durante toda la promoción, evitando filtraciones y manteniendo el misterio para que el público disfrute de la sorpresa en la sala. El resultado es una película que, más allá de su trama central, se vive como una fiesta colectiva donde el espectador se siente parte del chiste.
 
Santiago Segura no inventó el cameo —Alfred Hitchcock ya era maestro en el arte de colarse en sus propias películas—, pero en el contexto del cine español comercial ha logrado convertirlo en un elemento tan definitorio como el propio personaje de Torrente. Ha transformado lo efímero en un gancho poderoso, demostrando que una aparición de pocos segundos puede valer más que mil palabras de marketing. Con Torrente presidente, el rey de los cameos corona su reinado: lo que empezó como un divertimento se ha transformado en una estrategia maestra que sigue divirtiendo, sorprendiendo y, sobre todo, fidelizando a generaciones de espectadores que no conciben ya una nueva entrega sin ese festival de caras inesperadas.
 
Segura nos recuerda que el cine también puede ser puro juego, un espacio donde lo imprevisible y lo popular se dan la mano. Y mientras Torrente aspira a la presidencia en la ficción, su creador ya ha conquistado, hace tiempo, el trono indiscutible de los cameos en España.
 

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