viernes, 3 de abril de 2026

En defensa de la biodiversidad de pensamiento

Cada ser humano es un universo irrepetible. Reducirlos a doce signos del zodíaco, a dos bloques políticos o a una única verdad oficial no es simplificar la realidad: es mutilarla.
 
No hace mucho escribía en este blog que «la biodiversidad de pensamiento es una riqueza que no debe sucumbir ante la creciente amenaza del pensamiento único». Pero ¿qué podemos entender exactamente por «biodiversidad de pensamiento»? Muchos dirán que basta con hablar de «diversidad de pensamiento», dando así a entender que existen muchos pensamientos distintos. Sin embargo, yo voy un paso más allá, y por eso me gusta el término «biodiversidad»: porque hace referencia a todos y cada uno de los seres vivos y pensantes que hay en este planeta —y, por qué no, en el universo entero.
 
Todos somos diferentes, aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario. Los poderes públicos tratan constantemente de encasillarnos por afinidad con un partido político, y la sociedad en general se encarga de agrupar­nos en función de nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestras etiquetas. Incluso los horóscopos —que tanta gente consulta con una fe que no dedica a cosas más urgentes— nos dividen a todos los seres humanos en apenas doce categorías. ¿Te imaginas? Pretenden decirnos que no somos 8.283 millones de personas únicas, sino doce grupos de 690 millones de seres humanos intercambiables, todos iguales dentro de cada uno de esos cajones.
 
«No somos 8.283 millones de seres humanos: somos 8.283 millones de maneras distintas de ser humano.»
 
Porque todos pensamos de forma diferente, aunque coincidamos en multitud de aspectos. El pensamiento de cada uno viene moldeado por la educación recibida —y no todos hemos recibido la misma, ni la hemos aprovechado del mismo modo—; por el ambiente familiar en el que nos hemos criado, con sus peculiaridades y sus vaivenes a lo largo del tiempo; por las vicisitudes que hemos ido afrontando a lo largo de nuestra vida, cada uno las suyas; por la capacidad de nuestro cerebro para asimilar, cuestionar y razonar, cada uno a su manera y a su tiempo. Somos el resultado de todo eso, y ese resultado es siempre único, irrepetible, intransferible.
 
Y, sin embargo, pretenden imponernos un pensamiento único. Lo que digan ellos —los poderes que gobiernan el mundo— es lo que todos debemos aceptar sin cuestionarlo. Quien no lo acepte será marginado, ignorado, censurado o, en los casos más extremos, represaliado. La disidencia intelectual ha pasado de ser un derecho a convertirse en un riesgo. Y eso debería inquietarnos mucho más de lo que nos inquieta.
 
Por eso abogo por la defensa de la biodiversidad de pensamiento: porque cada uno piense y razone por sí mismo, sin dejarse colonizar por los demás ni por lo que dicte el poder o sancione la corrección política del momento. Y abogo, sobre todo, por lo más hermoso y enriquecedor de todo: que respetemos las opiniones diferentes —incluso las opuestas a las nuestras—; que las escuchemos con atención real, que las analicemos con honestidad y veamos si algo de lo que dicen encaja, o merece encajar, en nuestras propias convicciones. Sea como fuere el resultado de ese proceso, siempre con el respeto como bandera.
 
El prado y el pensamiento
 
Permíteme una imagen. ¿Qué resulta más placentero de contemplar: un inmenso prado verde, completamente plano hasta donde la vista se pierde en el horizonte, salpicado de florecillas blancas todas iguales… o un prado vivo, con colinas y hondonadas, flores de todos los colores y tamaños, un riachuelo que lo cruza susurrando, un bosquecillo que da sombra y cobijo, algún animal que pasta tranquilo a lo lejos? La respuesta es obvia. Y sin embargo, cuando se trata del pensamiento humano, seguimos prefiriendo —o nos obligan a preferir— el primer prado: uniforme, predecible, sin sorpresas. En una sola palabra: Manso.
 
Aprendamos a convivir con las opiniones de los demás y, también, a convivir con la nuestra propia y con nosotros mismos. Que no nos dé miedo reconocer que cada uno es uno mismo y diferente: diferente de los demás, sí, pero incluso diferente de sí mismo en cada instante de la vida, porque la vida es aprendizaje y la vida es evolución. El que hoy piensa lo mismo que pensaba hace veinte años sin haber cambiado nada no ha vivido: ha vegetado. Y vegetar, como cualquier biólogo sabe, es la forma más pobre de existir en este mundo extraordinariamente diverso que compartimos.
 

“Una santa desconocida”:

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