Cada ser humano es un universo irrepetible. Reducirlos a doce signos del
zodíaco, a dos bloques políticos o a una única verdad oficial no es simplificar
la realidad: es mutilarla.
No hace mucho escribía en este blog que «la biodiversidad de pensamiento
es una riqueza que no debe sucumbir ante la creciente amenaza del pensamiento
único». Pero ¿qué podemos entender exactamente por «biodiversidad de
pensamiento»? Muchos dirán que basta con hablar de «diversidad de pensamiento»,
dando así a entender que existen muchos pensamientos distintos. Sin embargo, yo
voy un paso más allá, y por eso me gusta el término «biodiversidad»: porque hace
referencia a todos y cada uno de los seres vivos y pensantes que hay en este
planeta —y, por qué no, en el universo entero.
Todos somos diferentes, aunque se empeñen en hacernos creer lo
contrario. Los poderes públicos tratan constantemente de encasillarnos por
afinidad con un partido político, y la sociedad en general se encarga de
agruparnos en función de nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestras
etiquetas. Incluso los horóscopos —que tanta gente consulta con una fe que no
dedica a cosas más urgentes— nos dividen a todos los seres humanos en apenas
doce categorías. ¿Te imaginas? Pretenden decirnos que no somos 8.283 millones
de personas únicas, sino doce grupos de 690 millones de seres humanos
intercambiables, todos iguales dentro de cada uno de esos cajones.
«No somos 8.283 millones de seres humanos: somos 8.283 millones de
maneras distintas de ser humano.»
Porque todos pensamos de forma diferente, aunque coincidamos en multitud de aspectos.
El pensamiento de cada uno viene moldeado por la educación recibida —y no todos
hemos recibido la misma, ni la hemos aprovechado del mismo modo—; por el
ambiente familiar en el que nos hemos criado, con sus peculiaridades y sus
vaivenes a lo largo del tiempo; por las vicisitudes que hemos ido afrontando a
lo largo de nuestra vida, cada uno las suyas; por la capacidad de nuestro
cerebro para asimilar, cuestionar y razonar, cada uno a su manera y a su
tiempo. Somos el resultado de todo eso, y ese resultado es siempre único,
irrepetible, intransferible.
Y, sin embargo, pretenden imponernos un pensamiento único. Lo que digan
ellos —los poderes que gobiernan el mundo— es lo que todos debemos aceptar sin
cuestionarlo. Quien no lo acepte será marginado, ignorado, censurado o, en los
casos más extremos, represaliado. La disidencia intelectual ha pasado de ser un
derecho a convertirse en un riesgo. Y eso debería inquietarnos mucho más de lo
que nos inquieta.
Por eso abogo por la defensa de la biodiversidad de pensamiento: porque
cada uno piense y razone por sí mismo, sin dejarse colonizar por los demás ni
por lo que dicte el poder o sancione la corrección política del momento. Y
abogo, sobre todo, por lo más hermoso y enriquecedor de todo: que respetemos las
opiniones diferentes —incluso las opuestas a las nuestras—; que las escuchemos
con atención real, que las analicemos con honestidad y veamos si algo de lo que
dicen encaja, o merece encajar, en nuestras propias convicciones. Sea como fuere
el resultado de ese proceso, siempre con el respeto como bandera.
El prado y el pensamiento
Permíteme una imagen. ¿Qué resulta más placentero de contemplar: un
inmenso prado verde, completamente plano hasta donde la vista se pierde en el
horizonte, salpicado de florecillas blancas todas iguales… o un prado vivo, con
colinas y hondonadas, flores de todos los colores y tamaños, un riachuelo que
lo cruza susurrando, un bosquecillo que da sombra y cobijo, algún animal que
pasta tranquilo a lo lejos? La respuesta es obvia. Y sin embargo, cuando se
trata del pensamiento humano, seguimos prefiriendo —o nos obligan a preferir—
el primer prado: uniforme, predecible, sin sorpresas. En una sola palabra: Manso.
Aprendamos a convivir con las opiniones de los demás y, también, a
convivir con la nuestra propia y con nosotros mismos. Que no nos dé miedo
reconocer que cada uno es uno mismo y diferente: diferente de los demás, sí,
pero incluso diferente de sí mismo en cada instante de la vida, porque la vida
es aprendizaje y la vida es evolución. El que hoy piensa lo mismo que pensaba
hace veinte años sin haber cambiado nada no ha vivido: ha vegetado. Y vegetar,
como cualquier biólogo sabe, es la forma más pobre de existir en este mundo extraordinariamente
diverso que compartimos.


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