No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la
vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo
presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en
movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán
en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de
perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar
una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería.
No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje
medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de
un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por
supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha
sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la
velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia
cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe
fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la
mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso
sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un
emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia
arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo,
otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que,
por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico.
“Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es
verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de
trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir
si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by.
¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa
sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en
compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El
móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy
sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es
racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado
en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú,
obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección
correcta.
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se
pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos,
llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso
es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7
pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad
estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión
mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya
pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos
scrolleando.
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera
porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de
un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el
dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe
nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al
de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
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