sábado, 18 de abril de 2026

El scroll infinito

No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería. No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
 
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
 
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
 
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo, otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que, por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico. “Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
 
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by. ¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
 
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú, obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección correcta.
 
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos, llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7 pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos scrolleando.
 
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
 
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
 

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