El sexto hombre que pisó la superficie lunar se llevó a la tumba una
certeza que los poderes prefieren enterrar con él: no estamos solos, y la mayor
amenaza que eso representa no es para la humanidad, sino para quienes la
gobiernan.
Hay confesiones que llegan demasiado
tarde para cambiar el mundo, pero a tiempo para incomodar a quienes lo
administran. Edgar Mitchell (1930–2016), astronauta del Apolo XIV y el ser
humano que más horas ha caminado sobre la superficie de la Luna, esperó a
jubilarse —a sacudirse del traje las presiones gubernamentales como se sacude
el polvo lunar de las botas— para decir en voz alta lo que sabía. Su veredicto
fue tan escueto como demoledor: Estados Unidos tiene en su poder varias naves
de origen extraterrestre. Él lo investigó. Él sufrió la censura. Y cuando ya no
tenían nada con que amenazarle, habló.
Conviene detenerse en el perfil del
hombre antes de despachar el mensaje. Mitchell no era un iluminado de feria ni
un bloguero anónimo con teorías de medianoche. Era un ingeniero aeronáutico con
doctorado en el MIT, un piloto de combate, un astronauta seleccionado entre lo
más granado de su generación. Caminó por la Luna en febrero de 1971. Su
testimonio no sale de una mente perturbada: sale de una mente que estuvo a
384.000 kilómetros de la Tierra y volvió para contar lo que no le permitían
contar.
«Creer o no creer en extraterrestres no altera un ápice su existencia.
Lo que sí la altera, y mucho, es que los gobiernos descubran que sus ciudadanos
han empezado a pensar por su cuenta.»
El miedo que no tiene nombre
Porque ahí está el quid de la cuestión,
y conviene nombrarlo sin rodeos. El pánico de los gobernantes ante la
posibilidad de vida inteligente extraterrestre no tiene nada que ver con el
caos social, ni con el colapso religioso, ni con ninguna de las excusas
académicas que se esgrimen para justificar el secretismo. Tiene que ver con
algo mucho más prosaico y mucho más revelador: la escala.
Si hay seres capaces de cruzar
distancias interestelares —o intergalácticas, o lo que quiera que separe su
mundo del nuestro—, esos seres son, por definición, inteligentes muy por encima
de quienes nos gobiernan. Los mismos que, en el mejor de los casos, fueron
capaces de llegar a la Luna hace medio siglo y no han vuelto desde entonces.
Poner eso en perspectiva es un ejercicio perturbador para cualquier político.
El hombre que gestiona el presupuesto municipal de una ciudad mediana,
repentinamente, queda reducido a lo que siempre fue: una figura de tamaño
natural en un universo de proporciones inimaginables.
Y eso no conviene. No conviene que el
votante, ese rebaño manso al que se alimenta con promesas electorales y se
apacienta con la eterna palabrería del debate parlamentario, abra los ojos a
otra escala de la realidad. Un ciudadano que comprende que existen
civilizaciones incomparablemente más avanzadas que la suya es un ciudadano que
empieza a hacer preguntas. Y las preguntas, como bien sabe cualquier régimen a
lo largo de la historia, son el principio de todo lo que los poderosos temen.
La lógica del secreto
Creer en extraterrestres no los hace
reales. No creer en ellos no los hace imposibles. Esta es la trampa
epistemológica en la que nos han instalado cómodamente durante décadas: reducir
una cuestión de alcance civilizatorio a un debate entre crédulos y escépticos,
entre conspiranoicos y racionalistas, para que nadie se detenga a preguntarse por qué los gobiernos dedican
tantos recursos a negar lo que, según ellos, no existe.
Mitchell lo sabía. Por eso calló
mientras estuvo dentro del sistema, y por eso habló cuando salió de él. Su
testimonio no resuelve nada —los archivos siguen clasificados, las naves siguen
donde están— pero abre una grieta en el relato oficial lo suficientemente ancha
como para que entre la luz. No la luz de la verdad revelada, sino la más
incómoda de todas: la luz de la duda razonada.
Mientras tanto, los gobiernos siguen
ejerciendo de padres. Siguen decidiendo qué puede saber el ciudadano, cuánto
puede saber y cuándo puede saberlo. Y el ciudadano, bien alimentado de
espectáculos y bien dormido de certezas prestadas, sigue votando. Sigue
eligiendo a los mismos administradores del mismo secreto. Y el universo,
impertérrito, sigue siendo lo que es: infinitamente más grande que cualquiera
de los que pretenden gestionarlo.
Edgar Mitchell fue el sexto ser humano en caminar sobre la Luna durante
la misión Apolo XIV (enero–febrero de 1971). Falleció el 4 de febrero de 2016,
víspera del 45.º aniversario de su alunizaje.


No hay comentarios:
Publicar un comentario