(Sunday Poetry Corner) El poeta José Luis Hidalgo (1919 – 1947), autor –entre otros-
del libro de poemas “Los muertos” y que, tan tempranamente, nos abandonó, escribió
un poema titulado “Si supiera, Señor…”. Años más tarde, Vicente Fisac (1949 - ¿?),
un joven poeta en plena adolescencia leyó ese poema y quedó impresionado por el
mismo. Sin embargo se resistía a ese poso de amargura y pesimismo, de darse por
derrotado y sin esperanza, y le replicó a José Luis Hidalgo con otro poema.
Hoy traemos los dos poemas a este rincón dominical de la Poesía,
y al final te ofrecemos un interesante análisis para que tú también te atrevas
a posicionarte en este confrontamiento poético…
SI SUPIERA, SEÑOR… (José Luis Hidalgo)
Si supiera, Señor, que Tú me esperas,
en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.
Pero sé que no estás, que el vivir sólo
es soñar con tu ser, inútilmente,
y sé que cuando muera es que Tú mismo
será lo que habrá muerto con mi muerte.
SI SUPIERA, SEÑOR… (Vicente Fisac)
Si supiera, Señor, que aquí se acaba
la fe que ha levantado mi promesa
de no abandonar lo que me has dado,
me iría, al fin y al cabo, con tristeza.
Pero sé que esto sólo es el comienzo
de sentir mi verdadero existir,
de amar con amplitud a otra persona
que ha roto mi amargura con un sí.
ANÁLISIS.-
Los dos poemas titulados "Si supiera, Señor…"
constituyen un diálogo poético muy conmovedor entre dos sensibilidades separadas
por el tiempo, la experiencia vital y, sobre todo, por una distinta manera de
habitar la incertidumbre de la existencia y de la fe.
El poema de José Luis Hidalgo (escrito en los años 40,
poco antes de su prematura muerte en 1947) es una de las expresiones más
desnudas y desgarradoras de la crisis existencial y religiosa que marcó a buena
parte de la poesía española de posguerra. En él se plantea una hipótesis
luminosa y heroica —«si supiera que Tú me esperas»— que inmediatamente se
derrumba en un conocimiento doloroso y lúcido: Dios no está, o al menos no de
la forma esperada. La vida se reduce a un sueño inútil de Su presencia, y la
muerte no es encuentro, sino desaparición mutua: cuando el yo muera, también
morirá la idea misma de Dios que ese yo albergaba. Es una visión nietzscheana
en el fondo (la muerte de Dios ligada a la muerte del hombre que lo concibe),
pero expresada con una intensidad lírica casi mística en su negatividad. El
tono es de desamparo radical, de lanza que se arroja al vacío sabiendo que no
hay nadie al otro lado. La vida aparece como un absurdo trágico, una búsqueda
sin objeto.
Años después, en su adolescencia, Vicente Fisac (nacido en
1949) lee estos versos y decide responderles. Su poema toma la misma estructura
inicial de hipótesis condicional, pero la gira 180 grados hacia una afirmación
de sentido en lo humano y en lo concreto. Mientras Hidalgo imaginaba un «si
supiera que hay algo más allá» y concluía que no lo hay, Fisac parte del
supuesto opuesto: «si supiera que aquí se acaba / la fe», y decide que, aun
así, no se rendiría del todo, aunque con tristeza. Pero inmediatamente rechaza
esa hipótesis sombría porque sabe que la fe no termina, sino que se transforma:
«esto sólo es el comienzo». El verdadero existir aparece ligado al amor
concreto hacia «otra persona» que ha roto la amargura con un sí rotundo.
Se trata, por tanto, de dos visiones casi antagónicas de
la vida:
Hidalgo expresa una desesperanza metafísica, un vacío teológico que deja al ser humano solo frente a la muerte y al sinsentido. Su Dios es una ausencia que se lleva consigo al morir.
Fisac responde desde una esperanza antropológica y relacional: la fe no necesita demostración metafísica última porque se verifica en el encuentro amoroso con el otro. La trascendencia ya no se busca en un Más Allá inalcanzable, sino en la inmanencia de un «sí» humano que redime la amargura.
Es un diálogo hermoso porque no es confrontación agresiva,
sino respuesta respetuosa y vital. Hidalgo plantea la pregunta más dura de la
existencia creyente del siglo XX; Fisac, desde la juventud, contesta que
—aunque esa pregunta siga siendo válida— la vida ofrece ya una respuesta
suficiente en el amor concreto, en el comienzo de lo humano compartido. Uno
mira hacia la muerte y ve el vacío; el otro mira hacia el otro ser humano y ve
un principio.
En conjunto, los dos poemas nos recuerdan que la fe (o su
crisis) no es un estado estático, sino un movimiento, una conversación que
puede prolongarse a lo largo de generaciones. Hidalgo deja la herida abierta;
Fisac, sin cerrarla del todo, decide vendarla con un gesto de amor terrenal.
“Todo Poesía”:
https://amzn.eu/d/4zxhbGT
en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.
es soñar con tu ser, inútilmente,
y sé que cuando muera es que Tú mismo
será lo que habrá muerto con mi muerte.
la fe que ha levantado mi promesa
de no abandonar lo que me has dado,
me iría, al fin y al cabo, con tristeza.
de sentir mi verdadero existir,
de amar con amplitud a otra persona
que ha roto mi amargura con un sí.
Hidalgo expresa una desesperanza metafísica, un vacío teológico que deja al ser humano solo frente a la muerte y al sinsentido. Su Dios es una ausencia que se lleva consigo al morir.
Fisac responde desde una esperanza antropológica y relacional: la fe no necesita demostración metafísica última porque se verifica en el encuentro amoroso con el otro. La trascendencia ya no se busca en un Más Allá inalcanzable, sino en la inmanencia de un «sí» humano que redime la amargura.
“Todo Poesía”:
https://amzn.eu/d/4zxhbGT


No hay comentarios:
Publicar un comentario