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domingo, 5 de abril de 2026

Dos poetas frente a frente

(Sunday Poetry Corner)
El poeta José Luis Hidalgo (1919 – 1947), autor –entre otros- del libro de poemas “Los muertos” y que, tan tempranamente, nos abandonó, escribió un poema titulado “Si supiera, Señor…”. Años más tarde, Vicente Fisac (1949 - ¿?), un joven poeta en plena adolescencia leyó ese poema y quedó impresionado por el mismo. Sin embargo se resistía a ese poso de amargura y pesimismo, de darse por derrotado y sin esperanza, y le replicó a José Luis Hidalgo con otro poema.
 
Hoy traemos los dos poemas a este rincón dominical de la Poesía, y al final te ofrecemos un interesante análisis para que tú también te atrevas a posicionarte en este confrontamiento poético…
 
SI SUPIERA, SEÑOR… (José Luis Hidalgo)
 
Si supiera, Señor, que Tú me esperas,
en el borde implacable de la muerte,
iría hacia tu luz, como una lanza
que atraviesa la noche y nunca vuelve.
 
Pero sé que no estás, que el vivir sólo
es soñar con tu ser, inútilmente,
y sé que cuando muera es que Tú mismo
será lo que habrá muerto con mi muerte.
 
SI SUPIERA, SEÑOR… (Vicente Fisac)
 
Si supiera, Señor, que aquí se acaba
la fe que ha levantado mi promesa
de no abandonar lo que me has dado,
me iría, al fin y al cabo, con tristeza.
 
Pero sé que esto sólo es el comienzo
de sentir mi verdadero existir,
de amar con amplitud a otra persona
que ha roto mi amargura con un sí.
 
ANÁLISIS.-
 
Los dos poemas titulados "Si supiera, Señor…" constituyen un diálogo poético muy conmovedor entre dos sensibilidades separadas por el tiempo, la experiencia vital y, sobre todo, por una distinta manera de habitar la incertidumbre de la existencia y de la fe.
 
El poema de José Luis Hidalgo (escrito en los años 40, poco antes de su prematura muerte en 1947) es una de las expresiones más desnudas y desgarradoras de la crisis existencial y religiosa que marcó a buena parte de la poesía española de posguerra. En él se plantea una hipótesis luminosa y heroica —«si supiera que Tú me esperas»— que inmediatamente se derrumba en un conocimiento doloroso y lúcido: Dios no está, o al menos no de la forma esperada. La vida se reduce a un sueño inútil de Su presencia, y la muerte no es encuentro, sino desaparición mutua: cuando el yo muera, también morirá la idea misma de Dios que ese yo albergaba. Es una visión nietzscheana en el fondo (la muerte de Dios ligada a la muerte del hombre que lo concibe), pero expresada con una intensidad lírica casi mística en su negatividad. El tono es de desamparo radical, de lanza que se arroja al vacío sabiendo que no hay nadie al otro lado. La vida aparece como un absurdo trágico, una búsqueda sin objeto.
 
Años después, en su adolescencia, Vicente Fisac (nacido en 1949) lee estos versos y decide responderles. Su poema toma la misma estructura inicial de hipótesis condicional, pero la gira 180 grados hacia una afirmación de sentido en lo humano y en lo concreto. Mientras Hidalgo imaginaba un «si supiera que hay algo más allá» y concluía que no lo hay, Fisac parte del supuesto opuesto: «si supiera que aquí se acaba / la fe», y decide que, aun así, no se rendiría del todo, aunque con tristeza. Pero inmediatamente rechaza esa hipótesis sombría porque sabe que la fe no termina, sino que se transforma: «esto sólo es el comienzo». El verdadero existir aparece ligado al amor concreto hacia «otra persona» que ha roto la amargura con un sí rotundo.
 
Se trata, por tanto, de dos visiones casi antagónicas de la vida:
Hidalgo expresa una desesperanza metafísica, un vacío teológico que deja al ser humano solo frente a la muerte y al sinsentido. Su Dios es una ausencia que se lleva consigo al morir.
Fisac responde desde una esperanza antropológica y relacional: la fe no necesita demostración metafísica última porque se verifica en el encuentro amoroso con el otro. La trascendencia ya no se busca en un Más Allá inalcanzable, sino en la inmanencia de un «sí» humano que redime la amargura.
 
Es un diálogo hermoso porque no es confrontación agresiva, sino respuesta respetuosa y vital. Hidalgo plantea la pregunta más dura de la existencia creyente del siglo XX; Fisac, desde la juventud, contesta que —aunque esa pregunta siga siendo válida— la vida ofrece ya una respuesta suficiente en el amor concreto, en el comienzo de lo humano compartido. Uno mira hacia la muerte y ve el vacío; el otro mira hacia el otro ser humano y ve un principio.
 
En conjunto, los dos poemas nos recuerdan que la fe (o su crisis) no es un estado estático, sino un movimiento, una conversación que puede prolongarse a lo largo de generaciones. Hidalgo deja la herida abierta; Fisac, sin cerrarla del todo, decide vendarla con un gesto de amor terrenal.
 

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