jueves, 2 de abril de 2026

«¡Felices vacaciones!» El mayor anacronismo de la primavera

Agnósticos que se van a la playa, cofrades que salen en procesión sin reflexionar un instante, y políticos que conservan las fiestas religiosas por puro interés turístico. Nadie cree en nada, pero todos cobran el día libre. Bienvenidos a la Semana Santa española.
 
Hay algo profundamente cómico —o profundamente triste, según el ángulo desde el que se mire— en la escena que se repite cada primavera en las oficinas, los colegios y los grupos de WhatsApp de este país: la gente despidiéndose con un sonoro «¡felices vacaciones!» sin que a ninguno de los interlocutores se le pase por la cabeza que está conmemorando, o debería estar conmemorando, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La Semana Santa —así, con mayúscula y con todo lo que esa palabra arrastra— ha devenido en sinónimo de playa, atascos en las carreteras, torrijas y reencuentros familiares. El anacronismo es tan monumental que ya casi nadie lo ve. El asunto tendría su gracia si no fuera porque, bajo tanta inconsciencia colectiva, late una hipocresía de campeonato que merece ser nombrada sin anestesia. Hagamos el inventario.
 
Los agnósticos de vacaciones pagadas
 
Primer grupo: los agnósticos, los indiferentes, los «paso de religión y de todo lo que suene a incienso». Son perfectamente legítimos en sus convicciones —o en su ausencia de ellas—, pero exhiben una coherencia llamativamente selectiva. Dicen, con toda la razón, que España es un Estado aconfesional. Lo dicen con convicción, con cierta indignación incluso, cuando el tema sale en una tertulia. Y acto seguido hacen las maletas, reservan el apartamento en Nerja y se incorporan al éxodo nacional de Jueves Santo sin el menor asomo de contradicción interna.
 
La pregunta que nadie se hace —y que alguien debería hacer— es la siguiente: si de verdad este es un Estado laico, ¿por qué no exigen que esos días sean laborables? Si la festividad no tiene ningún significado para usted, si le parece un residuo confesional en un Estado moderno, lo coherente sería reclamar que su empresa abra el Viernes Santo y que los cuatro días de asueto se distribuyan libremente a lo largo del año, para que cada trabajador los disfrute cuando y como quiera. Eso sería laicismo de verdad. Lo que se practica habitualmente es otra cosa: laicismo de conveniencia, que es la variante más hipócrita del género.
 
«Decir "paso de la religión" y marcharse de vacaciones el Viernes Santo es la forma más cómoda —y más deshonesta— de tenerlo todo sin creer en nada.»
 
Los cofrades de la parafernalia
 
Segundo grupo: los que salen en procesión. Aquí la cosa se complica de otra manera. Nadie puede negarles la devoción en el gesto —los pasos, los nazarenos, el olor a cera y a azahar, la música procesional que pone los vellos de punta incluso a quien no cree— pero cabe preguntarse si debajo de tanta forma hay algún fondo. Si bajo el capirote hay reflexión, o si simplemente hay tradición. Si en algún momento de esa semana —entre el madrugá del Jueves Santo y la comida del Domingo de Resurrección— alguien se detiene a pensar, de verdad y en serio, en el significado de lo que está conmemorando.
 
Porque la Semana Santa puede ser muchas cosas —y lo es, y bien está que lo sea—, pero si para quien se proclama creyente se reduce a ver los pasos, comer torrijas, visitar a los primos del pueblo y aplaudir al Cristo de turno cuando dobla una esquina difícil, entonces la diferencia con el agnóstico de la playa es más estética que espiritual. Ambos celebran la forma. Ninguno de los dos parece especialmente interesado en el fondo.
 
El Estado, ese turoperador con escaño
 
Tercer grupo, y quizás el más revelador de todos: el Estado. Aquí sí hay unanimidad —cosa rara en estos tiempos— porque todos los partidos políticos, de izquierda a derecha, de laicistas militantes a democristianos de escaparate, mantienen en su sitio las fiestas religiosas sin el menor complejo. El motivo no es la fe, naturalmente. El motivo es el turismo. La Semana Santa española mueve cifras que harían palidecer a cualquier ministro de Hacienda, y ningún gobierno, por muy laico que se proclame en el debate parlamentario, va a ser tan insensato como para decretar laborable un Viernes Santo.
 
Así que tenemos el cuadro completo: un Estado que no cree en la religión pero que la conserva como reclamo turístico; unos ciudadanos que no creen en la religión pero que agradecen el puente; y unos creyentes que creen en la religión pero la celebran de un modo que, en muchos casos, se parece más a un desfile de moda sacra que a un ejercicio espiritual. Todos contentos. Todos hipócritas. Todos de acuerdo.
 
Una propuesta de cordura (que no prosperará)
 
Soy consciente de que lo que voy a proponer tiene las mismas probabilidades de prosperar que una moción de censura unánime. Pero la coherencia obliga. Que estos días sean laborables. Que cada trabajador disponga de cuatro jornadas de libre disposición para disfrutarlas cuando y como quiera: en Semana Santa, en agosto, en octubre, en la fecha de su aniversario si le place. Que las procesiones y los actos litúrgicos se sigan celebrando —faltaría más— pero que quienes deseen acudir a ellos lo hagan al terminar su jornada laboral, o reservando para esos días sus cuatro jornadas de asuntos propios.
 
De este modo, el agnóstico que quiera irse a la playa tendrá sus días. El cofrade que quiera salir en procesión tendrá los suyos. Y nadie tendrá que fingir que hace algo que no hace, ni beneficiarse de algo en lo que dice no creer. Cada uno en su sitio, con su coherencia y con sus convicciones. Una utopía, sí. Pero bastante menos utópica que la que llevamos siglos celebrando: la de creer que todos estamos de acuerdo en algo cuando lo único en que coincidimos es en aprovechar el puente.
 

“Una santa desconocida”:
https://amzn.eu/d/7Pb3hpa

No hay comentarios:

Publicar un comentario