Agnósticos que se van a la playa,
cofrades que salen en procesión sin reflexionar un instante, y políticos que
conservan las fiestas religiosas por puro interés turístico. Nadie cree en
nada, pero todos cobran el día libre. Bienvenidos a la Semana Santa española.
Hay algo profundamente cómico —o profundamente triste,
según el ángulo desde el que se mire— en la escena que se repite cada primavera
en las oficinas, los colegios y los grupos de WhatsApp de este país: la gente
despidiéndose con un sonoro «¡felices vacaciones!» sin que a ninguno de los
interlocutores se le pase por la cabeza que está conmemorando, o debería estar
conmemorando, la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. La Semana Santa
—así, con mayúscula y con todo lo que esa palabra arrastra— ha devenido en
sinónimo de playa, atascos en las carreteras, torrijas y reencuentros
familiares. El anacronismo es tan monumental que ya casi nadie lo ve. El asunto
tendría su gracia si no fuera porque, bajo tanta inconsciencia colectiva, late
una hipocresía de campeonato que merece ser nombrada sin anestesia. Hagamos el
inventario.
Los agnósticos de
vacaciones pagadas
Primer grupo: los agnósticos, los indiferentes, los «paso
de religión y de todo lo que suene a incienso». Son perfectamente legítimos en
sus convicciones —o en su ausencia de ellas—, pero exhiben una coherencia
llamativamente selectiva. Dicen, con toda la razón, que España es un Estado
aconfesional. Lo dicen con convicción, con cierta indignación incluso, cuando
el tema sale en una tertulia. Y acto seguido hacen las maletas, reservan el
apartamento en Nerja y se incorporan al éxodo nacional de Jueves Santo sin el
menor asomo de contradicción interna.
La pregunta que nadie se hace —y que alguien debería
hacer— es la siguiente: si de verdad este es un Estado laico, ¿por qué no
exigen que esos días sean laborables? Si la festividad no tiene ningún
significado para usted, si le parece un residuo confesional en un Estado
moderno, lo coherente sería reclamar que su empresa abra el Viernes Santo y que
los cuatro días de asueto se distribuyan libremente a lo largo del año, para
que cada trabajador los disfrute cuando y como quiera. Eso sería laicismo de
verdad. Lo que se practica habitualmente es otra cosa: laicismo de conveniencia,
que es la variante más hipócrita del género.
«Decir "paso de la
religión" y marcharse de vacaciones el Viernes Santo es la forma más
cómoda —y más deshonesta— de tenerlo todo sin creer en nada.»
Los cofrades de la
parafernalia
Segundo grupo: los que salen en procesión. Aquí la cosa se
complica de otra manera. Nadie puede negarles la devoción en el gesto —los
pasos, los nazarenos, el olor a cera y a azahar, la música procesional que pone
los vellos de punta incluso a quien no cree— pero cabe preguntarse si debajo de
tanta forma hay algún fondo. Si bajo el capirote hay reflexión, o si
simplemente hay tradición. Si en algún momento de esa semana —entre el madrugá
del Jueves Santo y la comida del Domingo de Resurrección— alguien se detiene a
pensar, de verdad y en serio, en el significado de lo que está conmemorando.
Porque la Semana Santa puede ser muchas cosas —y lo es, y
bien está que lo sea—, pero si para quien se proclama creyente se reduce a ver
los pasos, comer torrijas, visitar a los primos del pueblo y aplaudir al Cristo
de turno cuando dobla una esquina difícil, entonces la diferencia con el
agnóstico de la playa es más estética que espiritual. Ambos celebran la forma.
Ninguno de los dos parece especialmente interesado en el fondo.
El Estado, ese
turoperador con escaño
Tercer grupo, y quizás el más revelador de todos: el
Estado. Aquí sí hay unanimidad —cosa rara en estos tiempos— porque todos los
partidos políticos, de izquierda a derecha, de laicistas militantes a
democristianos de escaparate, mantienen en su sitio las fiestas religiosas sin
el menor complejo. El motivo no es la fe, naturalmente. El motivo es el
turismo. La Semana Santa española mueve cifras que harían palidecer a cualquier
ministro de Hacienda, y ningún gobierno, por muy laico que se proclame en el
debate parlamentario, va a ser tan insensato como para decretar laborable un
Viernes Santo.
Así que tenemos el cuadro completo: un Estado que no cree
en la religión pero que la conserva como reclamo turístico; unos ciudadanos que
no creen en la religión pero que agradecen el puente; y unos creyentes que
creen en la religión pero la celebran de un modo que, en muchos casos, se
parece más a un desfile de moda sacra que a un ejercicio espiritual. Todos
contentos. Todos hipócritas. Todos de acuerdo.
Una propuesta de
cordura (que no prosperará)
Soy consciente de que lo que voy a proponer tiene las
mismas probabilidades de prosperar que una moción de censura unánime. Pero la
coherencia obliga. Que estos días sean laborables. Que cada trabajador disponga
de cuatro jornadas de libre disposición para disfrutarlas cuando y como quiera:
en Semana Santa, en agosto, en octubre, en la fecha de su aniversario si le
place. Que las procesiones y los actos litúrgicos se sigan celebrando —faltaría
más— pero que quienes deseen acudir a ellos lo hagan al terminar su jornada
laboral, o reservando para esos días sus cuatro jornadas de asuntos propios.
De este modo, el agnóstico que quiera irse a la playa
tendrá sus días. El cofrade que quiera salir en procesión tendrá los suyos. Y
nadie tendrá que fingir que hace algo que no hace, ni beneficiarse de algo en
lo que dice no creer. Cada uno en su sitio, con su coherencia y con sus
convicciones. Una utopía, sí. Pero bastante menos utópica que la que llevamos
siglos celebrando: la de creer que todos estamos de acuerdo en algo cuando lo
único en que coincidimos es en aprovechar el puente.
“Una santa desconocida”:
https://amzn.eu/d/7Pb3hpa
“Una santa desconocida”:
https://amzn.eu/d/7Pb3hpa


No hay comentarios:
Publicar un comentario