Hay escenas en la crónica empresarial española que, por
repetidas, no dejan de resultar desgarradoras y, sobre todo, profundamente
ilógicas. Son esos casos de despidos masivos donde la compañía, antes de
anunciar la reestructuración, ya ha blindado su estrategia con uno de los
bufetes de abogados más prestigiosos —y astronómicamente caros— del país. Es la
puesta en escena del poder: trajes a medida, informes técnicos de cientos de
páginas y honorarios por hora que superan el salario mensual de muchos de los
empleados que van a ser cesados.
Sin embargo, cuando llega el momento de sentarse a
negociar las condiciones de salida de los trabajadores, la generosidad
desaparece. La empresa se vuelve rácana. Escatima euros, pelea cada día de
indemnización y dilata los procesos, provocando que familias enteras vivan en
la incertidumbre durante meses.
La inversión en "acorazar" el despido
Resulta paradójico cómo se destina una fortuna en
garantizar que el despido sea "procedente" —o lo parezca—, en lugar
de utilizar ese capital para asegurar una salida digna. A menudo, el coste de
los asesores externos de alto nivel en un Expediente de Regulación de Empleo
(ERE) podría financiar un aumento significativo en la compensación de los
empleados damnificados.
Es una cuestión de prioridades. Se prefiere pagar a un
bufete para encontrar la "trampa" legal que permita pagar 20 días por
año —en lugar de los 33 de un despido improcedente—, antes que asumir la
responsabilidad social de una transición justa.
El alto coste de la falta de humanidad
Los expertos laboralistas advierten que esta estrategia no
solo es éticamente cuestionable, sino a menudo contraproducente. Una gestión
humanizada del despido, centrada en el empleado, no solo mejora la reputación
de la empresa, sino que evita litigios largos y costosos. Según estudios del
sector, más del 80% de los casos que llegan a juicio por despido en España
terminan con resultados favorables para los trabajadores, lo que demuestra que
la "acorazada" estrategia legal de la empresa no siempre es tan
eficaz como parece en el papel.
Además, la factura de estos bufetes es inmensa. Mientras
se busca escatimar en las indemnizaciones, se gastan miles de euros en
honorarios que, repartidos entre los damnificados, "solucionarían mucho
mejor (y más humanamente) las cosas".
Una reflexión final
Cuando la empresa escatima en sus trabajadores, no solo ahorra
dinero; a menudo, erosiona la confianza de la plantilla que se queda y daña su
marca de empleador a largo plazo. La verdadera "eficiencia"
empresarial no debería medirse por lo poco que se paga al despedir, sino por
cómo se cuida a las personas, incluso en los momentos más difíciles.
El prestigio de una empresa no se defiende en los
juzgados, sino en la dignidad con la que se trata a quienes, durante años,
ayudaron a construirla. A veces, pagar un poco más al trabajador en la salida
es la inversión más inteligente para el futuro.
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