lunes, 6 de abril de 2026

Hasta corriendo te vigilan

Un joven —llamémosle Ricardo para preservar su intimidad— convenció a un amigo de apuntarse juntos a un maratón popular de 15 km. Experiencia en pruebas de este tipo: ninguna. Preparación deportiva: los paseos diarios con el perro por el parque. Dos días antes de la carrera, como «entrenamiento final», corrieron poco más de media hora. La noche anterior, para rematar la puesta a punto, se fueron de copas hasta altas horas de la madrugada. Por la mañana, desayuno de campeones: un yogur y una mandarina.
 
Llegaron al punto de salida y se encontraron con casi un millar de participantes: todos de porte atlético, fibroso, con camisetas de clubes serios y realizando estiramientos profesionales. Ricardo y su amigo también estiraron… pero solo el cuello, para observar mejor a la competencia. Con orgullo se colocaron el dorsal, aunque se llevaron un susto cuando les entregaron un chip que había que sujetar a la zapatilla «para validar los tiempos», según les explicaron.
 
«Esto no es una carrera popular, es de profesionales», murmuró Ricardo, ya con ciertas dudas. Justo antes del pistoletazo, los organizadores anunciaron: «Los que vayan a hacerla en menos de una hora, que se coloquen delante». Y, casi al unísono, el 90 % de los corredores avanzó hacia las primeras posiciones. Ricardo y su amigo, cada vez más escamados, se quedaron prudentemente atrás.
 
Sonó el disparo y todos arrancaron a una velocidad que a Ricardo le pareció un sprint de 100 metros. «¿Pero cómo esprintan si son 15 km?», se preguntó perplejo. A los 30 segundos ya iban completamente descolgados; a los dos minutos, el pelotón era solo un punto lejano en el horizonte.
 
Siguieron trotando a su ritmo, entre aplausos y ánimos de los espectadores que más que de ánimo parecían de cachondeo. Lo peor llegó al mirar atrás: una ambulancia y el coche de policía que cerraba la carrera les pisaban los talones…
 
Al fin divisaron una pancarta y por fin se les iluminó la cara de alegría. Pero la decepción asomó a su rostro cuando pudieron leerla: ¡No era la meta sino sólo el kilómetro 2! Exhaustos como estaban, humillados y sin escapatoria digna, optaron por una solución de emergencia: al llegar a una curva, en la que no había espectadores, se desprendieron del dorsal, saltaron entre dos coches aparcados, se quitaron el chip y se escabulleron por las calles laterales, disimulando tanto como pudieron.
 
En otro lugar distante, los locutores anunciaban la llegada de los primeros clasificados y se celebraba la ceremonia del podio para cada una de las actegorías participantes. Después, los organizadores hacían pública la lista de todos los corredores según habían llegado a la meta y… ¡oh sorpresa! Faltaban dos. ¡Habían desaparecido dos corredores!
 
Poco después, el móvil de Ricardo sonó. Era una voz amable pero firme de la organización: «Por favor, devuelvan el chip. Gracias», y es que los sistemas de seguimiento no fallan. Ni siquiera cuando uno intenta hacerse el invisible.
 
En esta pequeña anécdota –totalmente cierta- se condensa algo mucho más grande de nuestra época y que debería hacernos reflexionar: hasta cuando corres —literalmente— estás siendo vigilado, geolocalizado y contabilizado en tiempo real. El chip que debía medir tu esfuerzo se convierte en un recordatorio sutil pero implacable de que, en la sociedad actual, la invisibilidad es casi imposible. Todo queda registrado: los pasos, las ausencias, las huidas. Corres para liberarte… y terminas debiendo explicaciones por haber dejado de correr. Un símbolo perfecto de cómo la tecnología, pensada para facilitar y medir, acaba controlando hasta nuestros intentos más torpes de escapar del ojo del poder que todo lo ve.
 

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