Un joven —llamémosle Ricardo para preservar su intimidad—
convenció a un amigo de apuntarse juntos a un maratón popular de 15 km.
Experiencia en pruebas de este tipo: ninguna. Preparación deportiva: los paseos
diarios con el perro por el parque. Dos días antes de la carrera, como
«entrenamiento final», corrieron poco más de media hora. La noche anterior,
para rematar la puesta a punto, se fueron de copas hasta altas horas de la
madrugada. Por la mañana, desayuno de campeones: un yogur y una mandarina.
Llegaron al punto de salida y se encontraron con casi un
millar de participantes: todos de porte atlético, fibroso, con camisetas de
clubes serios y realizando estiramientos profesionales. Ricardo y su amigo
también estiraron… pero solo el cuello, para observar mejor a la competencia.
Con orgullo se colocaron el dorsal, aunque se llevaron un susto cuando les
entregaron un chip que había que sujetar a la zapatilla «para validar los
tiempos», según les explicaron.
«Esto no es una carrera popular, es de profesionales»,
murmuró Ricardo, ya con ciertas dudas. Justo antes del pistoletazo, los
organizadores anunciaron: «Los que vayan a hacerla en menos de una hora, que se
coloquen delante». Y, casi al unísono, el 90 % de los corredores avanzó hacia
las primeras posiciones. Ricardo y su amigo, cada vez más escamados, se
quedaron prudentemente atrás.
Sonó el disparo y todos arrancaron a una velocidad que a Ricardo
le pareció un sprint de 100 metros. «¿Pero cómo esprintan si son 15 km?», se
preguntó perplejo. A los 30 segundos ya iban completamente descolgados; a los
dos minutos, el pelotón era solo un punto lejano en el horizonte.
Siguieron trotando a su ritmo, entre aplausos y ánimos de
los espectadores que más que de ánimo parecían de cachondeo. Lo peor llegó al
mirar atrás: una ambulancia y el coche de policía que cerraba la carrera les
pisaban los talones…
Al fin divisaron una pancarta y por fin se les iluminó la
cara de alegría. Pero la decepción asomó a su rostro cuando pudieron leerla:
¡No era la meta sino sólo el kilómetro 2! Exhaustos como estaban, humillados y
sin escapatoria digna, optaron por una solución de emergencia: al llegar a una
curva, en la que no había espectadores, se desprendieron del dorsal, saltaron
entre dos coches aparcados, se quitaron el chip y se escabulleron por las
calles laterales, disimulando tanto como pudieron.
En otro lugar distante, los locutores anunciaban la
llegada de los primeros clasificados y se celebraba la ceremonia del podio para
cada una de las actegorías participantes. Después, los organizadores hacían
pública la lista de todos los corredores según habían llegado a la meta y… ¡oh
sorpresa! Faltaban dos. ¡Habían desaparecido dos corredores!
Poco después, el móvil de Ricardo sonó. Era una voz amable
pero firme de la organización: «Por favor, devuelvan el chip. Gracias», y es
que los sistemas de seguimiento no fallan. Ni siquiera cuando uno intenta hacerse
el invisible.
En esta pequeña anécdota –totalmente cierta- se condensa
algo mucho más grande de nuestra época y que debería hacernos reflexionar:
hasta cuando corres —literalmente— estás siendo vigilado, geolocalizado y
contabilizado en tiempo real. El chip que debía medir tu esfuerzo se convierte
en un recordatorio sutil pero implacable de que, en la sociedad actual, la
invisibilidad es casi imposible. Todo queda registrado: los pasos, las
ausencias, las huidas. Corres para liberarte… y terminas debiendo explicaciones
por haber dejado de correr. Un símbolo perfecto de cómo la tecnología, pensada
para facilitar y medir, acaba controlando hasta nuestros intentos más torpes de
escapar del ojo del poder que todo lo ve.
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