sábado, 18 de abril de 2026

Y es que todos somos esclavos

No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es una ilusión convenientemente anestesiada.
 
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad de esclavos felices y bien adiestrados.
 
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y, sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la "fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es el arte de pagar por tu propia condena.
 
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de "comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
 
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el "tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
 
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes, que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror: cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
 
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos. La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
 

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