No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han
integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es
una ilusión convenientemente anestesiada.
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este
siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos
grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad
de esclavos felices y bien adiestrados.
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y,
sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no
solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la
"fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es
el arte de pagar por tu propia condena.
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos
de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el
cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de
"comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas
que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no
nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la
política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de
partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por
el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el
"tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto
que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga
muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes,
que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror:
cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por
amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no
cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos.
La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en
ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por
eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para
que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te
queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
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