Imagina
la escena: es domingo electoral, te levantas con la misma ilusión que quien va
al dentista a sacarse una muela del juicio, te pones la ropa “decente pero no
demasiado” y acudes al colegio electoral como quien va a renovar el DNI… pero
con más ganas de liarla parda. Allí estás, con la papeleta en la mano, mirando
las caras de los candidatos como si fueran el menú de un restaurante chino
después de tres cervezas: todos te suenan igual de apetecibles. Y entonces te
planteas la pregunta del millón: ¿y si en vez de elegir el mal menor, elijo el
caos controlado? Bienvenidos al noble arte del voto nulo intencionado, también
conocido como “la forma más creativa de mandar a paseo el sistema sin quedarte
en el sofá”.
Primero,
repasemos el catálogo de opciones que tenemos los españoles cada cuatro años (o
cada vez que se les antoja a los de arriba):
No
votar. La abstención clásica. Muy válida, muy filosófica, muy “estoy tan harto
que ni me levanto”. El problema es que luego salen los portavoces en la tele
diciendo: “La baja participación se debe al buen tiempo / al mal tiempo / a que
la gente está de resaca del sábado / a Mercurio retrógrado”. Nunca, jamás, a
que la gente está hasta el gorro de todos ellos. Milagro.
Voto
en blanco. El rey del conformismo pasivo-agresivo. Vas, haces cola, metes el
sobre vacío… y básicamente le dices al sistema: “Aquí estoy, obediente como un
corderito, pero mi opinión vale lo mismo que un like en LinkedIn”. Se cuenta
como voto válido, infla la participación y al final se reparte
proporcionalmente entre los que sí han elegido. O sea: ayudas a que gane el que
iba a ganar de todas formas, pero con carita de mártir.
Votar
a alguien. Hay tres sabores:
a) El iluso optimista: “¡Viva mi partido soñado! ¡A por los 350 escaños!”.
b) El pragmático deprimido: “Voy a votar al que menos me revuelve el estómago para que no gane el que directamente me da arcadas”. El famoso “voto tapón”.
c) El testimonial hipster: “Yo voto a ese partido que saca 0,3% y habla de la reforestación lunar. Soy diferente”.
Y
luego está el voto nulo, la opción punk-rock del catálogo:
No es un error de principiante: es un statement. Metes en el sobre un recorte de El País con el titular “Otra vez empate técnico”, un ticket del Mercadona del día anterior, el envoltorio de una chocolatina (ideal si es de las que prometen felicidad y nunca cumplen), un post-it con “¿Me das tu teléfono, chati?” o simplemente escribes a boli “Aupa Atleti” en la papeleta del PSOE. O “Viva Cartagena” en la del PP. Da igual el mensaje, siempre que no sea un “Voto a favor de fulanito”.
¿Qué consigues con esto? Pues varias cosas gloriosas:
La participación sube en las estadísticas oficiales (tú has ido a votar, ¿no?). El porcentaje de participación se calcula sobre votos válidos + nulos + blancos. Así que ayudas a que no digan “la gente pasa de votar”.
Pero tu voto no ayuda a nadie. Ni un escaño más para el partido grande, ni un concejal extra para el minoritario. Cero. Nada. Es el equivalente electoral a tirar la servilleta al suelo y decir “me voy, pero antes os dejo el regalito”.
Si el número de nulos se dispara (digamos, un 10-15% en vez del típico 1-2%), ya no pueden decir que “fue por error”. Se convierte en noticia. En portada. En tertulia de “¡La ciudadanía está cabreada!”. Y eso, amigos, es lo más cerca que vamos a estar de un “referéndum de cabreo” sin que nos llamen antisistema por la tele.
Claro,
algún purista dirá: “Eso no cambia nada, solo es postureo”. Y tiene razón… a
medias. No cambia el Gobierno de mañana. Pero sí cambia la conversación. Y en
un país donde los políticos miden su éxito por décimas y por cuotas de pantalla,
un montón de votos nulos con forma de ticket de supermercado o de “Me cago en
la boina” es como ponerles un espejo delante: “Mirad lo que habéis conseguido,
cracks”. Así que la próxima vez que entres en el colegio electoral con cara de
“esto no me lo quita nadie”, recuerda: no tienes por qué elegir entre el mal,
el peor y el regular. Puedes elegir el sobre con sorpresa. El caos simpático.
La protesta con humor. Porque a veces, la mejor manera de decir “no me
representáis” es no dejar que nos representen ni un poquito. Ni siquiera con el
0,0001% que te tocaría. (¿Y si un día los nulos superan a los votos del partido
ganador? Ese día pedimos pizza para todos y vemos qué pasa).
Definición de “urna”:
a) El iluso optimista: “¡Viva mi partido soñado! ¡A por los 350 escaños!”.
b) El pragmático deprimido: “Voy a votar al que menos me revuelve el estómago para que no gane el que directamente me da arcadas”. El famoso “voto tapón”.
c) El testimonial hipster: “Yo voto a ese partido que saca 0,3% y habla de la reforestación lunar. Soy diferente”.
No es un error de principiante: es un statement. Metes en el sobre un recorte de El País con el titular “Otra vez empate técnico”, un ticket del Mercadona del día anterior, el envoltorio de una chocolatina (ideal si es de las que prometen felicidad y nunca cumplen), un post-it con “¿Me das tu teléfono, chati?” o simplemente escribes a boli “Aupa Atleti” en la papeleta del PSOE. O “Viva Cartagena” en la del PP. Da igual el mensaje, siempre que no sea un “Voto a favor de fulanito”.
¿Qué consigues con esto? Pues varias cosas gloriosas:
La participación sube en las estadísticas oficiales (tú has ido a votar, ¿no?). El porcentaje de participación se calcula sobre votos válidos + nulos + blancos. Así que ayudas a que no digan “la gente pasa de votar”.
Pero tu voto no ayuda a nadie. Ni un escaño más para el partido grande, ni un concejal extra para el minoritario. Cero. Nada. Es el equivalente electoral a tirar la servilleta al suelo y decir “me voy, pero antes os dejo el regalito”.
Si el número de nulos se dispara (digamos, un 10-15% en vez del típico 1-2%), ya no pueden decir que “fue por error”. Se convierte en noticia. En portada. En tertulia de “¡La ciudadanía está cabreada!”. Y eso, amigos, es lo más cerca que vamos a estar de un “referéndum de cabreo” sin que nos llamen antisistema por la tele.
Definición de “urna”:
Féretro en el que se entierran las ilusiones.
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político”:
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