sábado, 31 de enero de 2026

El ejemplo de la Fórmula 1

En la Fórmula 1 no gana solo “tu” país o “tu” equipo: cuando triunfa tu piloto favorito, también se alegran —y mucho— aficionados de otras nacionalidades que ven ondear su bandera en el coche vencedor. Y viceversa.
 
Pero la magia no termina ahí. Cada invierno se produce un auténtico mercado de fichajes que parece diseñado para romper lealtades nacionales. Un piloto que el año pasado defendía los colores de una escudería “rival” puede aparecer en 2026 con los de tu equipo del corazón. Lewis Hamilton, por ejemplo, pasó de Mercedes a Ferrari y ahora muchos británicos celebran victorias de un coche rojo italiano; Checo Pérez, tras un año sabático, regresa con el nuevo equipo Cadillac y mexicanos y estadounidenses comparten alegría; Franco Colapinto, argentino, corre en Alpine (francesa) y genera entusiasmo en ambos lados del Atlántico.
 
El resultado es un deporte donde las alianzas son temporales, las identidades se mezclan y las rivalidades se quedan —casi siempre— en la pista. Hoy animas a un equipo y a un país; mañana, cuando tu piloto cambia de mono, cambias de bandera sin sentirte traidor. Y lo mejor: nadie te lo reprocha. Al contrario, se entiende.
 
En definitiva, la Fórmula 1 es una competición feroz en la que, sin embargo, todos nos sentimos un poco hermanos. Cada cual tiene sus preferencias, su casco favorito, su bandera que ondea en el garaje… pero al final del día celebramos los mismos adelantamientos, sufrimos los mismos abandonos y aplaudimos el mismo mérito.
 
Ojalá la política aprendiera algo de esta parrilla de 11 equipos y 22 pilotos. Porque en la F1 se demuestra que se puede pelear rueda con rueda, defender cada milímetro y aun así reconocerse al bajarse del coche. Sin trincheras permanentes. Solo respeto, admiración y ganas de volver a vernos el próximo fin de semana.
 
¿No sería hermoso que algún día pudiéramos decir lo mismo de otros ámbitos?
 

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