En la Fórmula 1 no gana solo “tu” país o “tu” equipo:
cuando triunfa tu piloto favorito, también se alegran —y mucho— aficionados de
otras nacionalidades que ven ondear su bandera en el coche vencedor. Y
viceversa.
Pero la magia no termina ahí. Cada invierno se produce un
auténtico mercado de fichajes que parece diseñado para romper lealtades
nacionales. Un piloto que el año pasado defendía los colores de una escudería
“rival” puede aparecer en 2026 con los de tu equipo del corazón. Lewis
Hamilton, por ejemplo, pasó de Mercedes a Ferrari y ahora muchos británicos
celebran victorias de un coche rojo italiano; Checo Pérez, tras un año
sabático, regresa con el nuevo equipo Cadillac y mexicanos y estadounidenses
comparten alegría; Franco Colapinto, argentino, corre en Alpine (francesa) y
genera entusiasmo en ambos lados del Atlántico.
El resultado es un deporte donde las alianzas son
temporales, las identidades se mezclan y las rivalidades se quedan —casi
siempre— en la pista. Hoy animas a un equipo y a un país; mañana, cuando tu
piloto cambia de mono, cambias de bandera sin sentirte traidor. Y lo mejor:
nadie te lo reprocha. Al contrario, se entiende.
En definitiva, la Fórmula 1 es una competición feroz en la
que, sin embargo, todos nos sentimos un poco hermanos. Cada cual tiene sus
preferencias, su casco favorito, su bandera que ondea en el garaje… pero al
final del día celebramos los mismos adelantamientos, sufrimos los mismos
abandonos y aplaudimos el mismo mérito.
Ojalá la política aprendiera algo de esta parrilla de 11
equipos y 22 pilotos. Porque en la F1 se demuestra que se puede pelear rueda
con rueda, defender cada milímetro y aun así reconocerse al bajarse del coche.
Sin trincheras permanentes. Solo respeto, admiración y ganas de volver a vernos
el próximo fin de semana.
¿No sería hermoso que algún día pudiéramos decir lo mismo
de otros ámbitos?
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