El problema de la dictadura lingüística en Cataluña, como
lo denominan muchos críticos, no ha hecho más que intensificarse en los últimos
años. Lejos de remitir, las políticas que priorizan el catalán en la esfera
pública —especialmente en la educación y el comercio— han generado un aumento
notable de inspecciones, denuncias y sanciones. En 2024, la Generalitat impuso
multas lingüísticas a 206 negocios por no usar el catalán en rotulación,
atención al público o documentación, recaudando más de 409.000 euros en total.
En el período entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, se realizaron 701
inspecciones específicas en comercios, detectando cientos de incumplimientos y
abriendo más de 200 expedientes sancionadores, con multas que pueden llegar
hasta los 10.000 euros (o más en casos de reincidencia).
En el ámbito educativo, los tribunales han mantenido la
obligación de impartir al menos un 25% de horas lectivas en castellano en
determinados centros, pese a intentos de la Generalitat por blindar el modelo
de inmersión lingüística con decretos que priorizan el catalán como lengua
vehicular habitual. Sentencias recientes del TSJC (como en 2025) han anulado
partes de normativas autonómicas por generar desequilibrios y no garantizar una
presencia razonable del castellano, aunque el Govern defiende el modelo como
esencial para la protección de la lengua propia.
Ante esta imposición restrictiva de la libertad
lingüística —donde no se permite elegir libremente el idioma en el ámbito
privado o comercial sin riesgo de sanción—, surge una respuesta basada en la
creatividad y el ingenio, en lugar de la confrontación directa.
Se trata de buscar soluciones imaginativas para sortear
estas obligaciones sin incumplirlas literalmente, inspiradas en cómo,
históricamente, la censura o la rigidez política ha estimulado la inventiva
humana (como ocurrió con el cine español bajo el franquismo, donde directores
como Berlanga o Saura decían sin decir, usando dobles sentidos para evadir
controles).
La propuesta estrella es el comercio numérico: eliminar por completo las palabras de los
rótulos y sustituirlas por números, símbolos y dibujos. ¿Por qué escribir
“oferta” o “lácteos” en catalán (o en cualquier idioma) si se puede indicar un
-40%, tachar el precio antiguo para mostrar el rebajado, usar el icono de una
hucha para ahorro, hojas de calendario para “últimos días” o el dibujo de una
vaca o un cántaro para la sección de lácteos? Con los precios bien visibles y
claros, cualquier cliente —sea catalán, castellano hablante, turista turco o
finlandés— entiende la información esencial. El inspector lingüístico entraría
y no encontraría ni una sola palabra que sancionar, mientras el negocio sigue
funcionando con normalidad. Al fin y al cabo, lo que importa al comerciante es
vender, no complacer a un funcionario con el rótulo perfecto.
Yendo un paso más allá, encontramos lo que podría
definirse como comercio mudo, ideal
para sortear también la obligación de atender en catalán (o en el idioma
impuesto) en transacciones sencillas. Basta con guiarse por gestos, manos,
números y la expresividad natural —como hacemos todos cuando compramos en
Egipto, en un pueblo remoto de Croacia o en cualquier lugar donde no hay idioma
común—. Para blindarlo legalmente y con humor, el establecimiento colocaría
carteles multilingües (en 10 o 12 idiomas) con un texto del estilo: “En este
establecimiento respetamos el derecho al silencio y la tranquilidad del barrio,
por lo que nos abstenemos de hablar con nuestros clientes. Los precios están
claramente indicados. Si desea preguntar algo, hágalo de forma que la respuesta
sea ‘sí’ o ‘no’, y responderemos con un gesto. Gracias por colaborar en
mantener la paz acústica.”
De esta forma, el dependiente evita verse forzado a usar
un idioma que no desea (o que no quiere que le impongan). Y si se quiere ser
más radical aún y encima más solidario, hay un paso más: contratar a personas
sordomudas como personal de atención al cliente. No solo se genera empleo
inclusivo para personas perfectamente capacitadas, sino que ningún inspector
podría exigirles verbalizar nada en catalán (ni en ningún otro idioma).
En resumen, frente a regulaciones excesivas y contrarias a
la libertad individual —donde cada uno debería poder hablar (o callar) en el
idioma que prefiera, cuando lo prefiera—, la imaginación se convierte en la
mejor arma. El comercio numérico y
el comercio mudo no son solo bromas
satíricas: son formas creativas de resistencia pacífica, recordándonos que,
ante la rigidez dictatorial, la inventiva humana siempre encuentra resquicios.
Porque, como decía el refrán adaptado: Frente a la represión... ¡imaginación al
poder!
“Diccionario político”:
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Todos conocemos el símbolo clásico de la Justicia: una
mujer con los ojos vendados, la espada en una mano y la balanza en la otra.
Representa imparcialidad, equilibrio y firmeza. Pero, si observamos cómo
funciona realmente la Justicia en nuestro país, creo que el personaje que mejor
la encarna no es esa dama solemne, sino un perezoso.
¿Por qué? Porque el perezoso no solo se mueve con una
lentitud exasperante: su metabolismo es tan pausado que prácticamente vive a
cámara lenta. Y eso, lamentablemente, describe con precisión quirúrgica el ritmo
de nuestra administración de Justicia.
Casi todos hemos oído (o sufrido) historias de procesos
que se eternizan durante años, sentencias que llegan cuando ya nadie las
recuerda y resoluciones que, cuando por fin se dictan, han perdido cualquier
utilidad práctica. Una justicia tardía no es justicia: es, en el mejor de los
casos, un consuelo simbólico para quien tenía razón… y nada más.
Un ejemplo paradigmático ocurrió hace algunos años en la
Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo. Se anuló una
resolución que había impedido a un candidato presentarse a las elecciones para
la presidencia de un Colegio de Médicos. La buena noticia llegó… seis años
después. Para entonces, el demandante ya no había podido concurrir a esas elecciones.
Y no solo eso: cuatro años más tarde se habían celebrado otras elecciones.
Cuando la sentencia vio la luz, habían transcurrido dos ciclos electorales
completos. El cargo ya lo ocupaban personas distintas, ajenas por completo al
litigio. El demandante solo pudo exclamar: «¿Lo veis? Yo tenía razón». Pero esa
razón llegó tan tarde que no cambió absolutamente nada.
Y no es un caso aislado. Los datos hablan por sí solos: en
España, el Tribunal Supremo puede tardar más de 600–900 días en resolver
algunos asuntos civiles o mercantiles (el triple que la media europea),
mientras que en jurisdicciones como la social o contencioso-administrativa los
tiempos medios superan con creces los dos o tres años. Miles de asuntos
acumulados, vidas congeladas y derechos que se desvanecen por el camino.
Por todo ello propongo una actualización simbólica
urgente: que alguien con talento para el dibujo diseñe el nuevo emblema de
nuestra Justicia. Olvidemos a la dama serena y reemplacémosla por un perezoso
bien retratado: con la balanza colgando perezosamente de una garra, los ojos
vendados (porque la imparcialidad se mantiene), y soltando un bostezo
descomunal que deje claro el mensaje: «Tranquilos… ya llegaré… algún día».
Porque si la Justicia va a seguir moviéndose a ritmo de
perezoso, al menos que lo reconozcamos con un poco de humor.
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Hay personas que, durante un tiempo limitado –unas
semanas, unos meses–, deciden cortar por lo sano con uno de sus hábitos más
arraigados: dejan de beber alcohol, se someten a una dieta estricta, abandonan
el tabaco o el café... y, al cabo, regresan a su rutina diaria con una energía
renovada, como si hubieran recargado pilas. Es una pausa táctica, un reset
controlado para volver más fuertes.
Pero hay otras –muy pocas, y que rara vez aguantan mucho–
que optan por una desconexión más radical: se apartan del ruido externo,
escapan de la esclavitud del móvil y las redes sociales. Es lo que podríamos
llamar un “celibato informativo”: un voto de castidad con las noticias, los
titulares, los hilos interminables, las notificaciones y el scroll compulsivo.
Como dice un personaje en una novela: «La mayoría de las
veces comprendo que no me he perdido gran cosa». Y añade: «Vivimos bajo un
diluvio de desinformación, de rumores y de muy pocas noticias decisivas.
Durante esas semanas, me dedico a buscar otro tipo de información: la que llevo
en mi interior».
Si alguien piensa que el libro del que hablo es un tratado
filosófico profundo o un ensayo de autoayuda espiritual, se equivoca. Se trata
de una novela policiaca, de esas que se leen de un tirón en el sofá con una
taza de té. Precisamente por eso el mensaje cala más hondo: no hace falta un
monje en el Himalaya ni un gurú de renombre para darse cuenta. Basta con apagar
el teléfono unos días y prestar atención a lo que realmente importa: tus
propios pensamientos, tus sensaciones, tus prioridades sin filtro externo.
En esa novela negra –o gris, según se mire–, el
protagonista descubre que el mundo no se para sin él. Que los grandes titulares
de ayer ya son papel mojado hoy. Que el “diluvio” de información es más ruido
que sustancia, más ansiedad fabricada que verdad reveladora. Y que, al
desconectar, accede a una fuente mucho más fiable y escasa: la que brota de
dentro.
Esto no es postureo zen ni rechazo snob al mundo moderno.
Es pragmatismo puro. En una sociedad en donde la desinformación viaja más
rápido que la verdad, donde cada notificación busca secuestrar tu atención y
donde el algoritmo premia el enfado y el miedo, tomarse un respiro no es un lujo:
es supervivencia mental.
La mayoría no lo hace porque da miedo: ¿y si me pierdo
algo importante? ¿Y si el grupo de WhatsApp arde sin mí? ¿Y si el mundo se
derrumba y yo no me entero? Pero los que lo prueban suelen volver con la misma
conclusión: no te perdiste gran cosa. O, peor aún, te perdiste la oportunidad de
escucharte a ti mismo.
Ver más allá de tu propia sombra no requiere iluminación
mística. A veces basta con apagar la pantalla, cerrar la app y mirar hacia
dentro. Aunque sea solo unas semanas. Aunque luego vuelvas al diluvio. Porque,
al menos por un rato, habrás respirado aire limpio. Y eso, en estos tiempos, ya
es mucho.
Novelas con corazón
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Hace unas décadas, era habitual ver en las cubiertas de
muchos libros —y también en discos, electrodomésticos o productos de lo más
variopinto— una franja llamativa con la leyenda «Anunciado en TV». Para gran
parte del público, esa simple frase funcionaba como un sello de garantía
irresistible. En el fondo operaba un mecanismo psicológico casi automático: «Si
lo anuncian en televisión, significa que lo va a comprar mucha gente… así que
yo también debo tenerlo. No puedo quedarme atrás, no puedo ser el raro, ¿qué
dirán los demás si se enteran de que no lo tengo?».
Y lo compraban. Daba igual la calidad del contenido, daba
igual que esa persona apenas leyera un libro al año (o ninguno). Lo único
relevante era pertenecer, formar parte del grupo, no desentonar.
Los publicitarios lo sabían perfectamente. Bastaba con
emitir uno o dos spots —a veces en horarios de poca audiencia, que son más
baratos— para poder colocar esa franja sin mentir. No era publicidad engañosa:
el producto se había anunciado en televisión. Punto. Con eso sobraba para
activar el instinto de imitación masiva. El libro acababa en la estantería del
salón como trofeo visible para las visitas, se mencionaba en la oficina o con
los amigos mientras duraba la moda… y después, olvidado en un rincón, sin una
sola página leída.
Eso ocurría hace varias décadas. Pero el mecanismo no ha
desaparecido: solo ha cambiado de canal. Hoy el equivalente moderno es la
etiqueta invisible pero omnipresente de «es tendencia». Una prenda, un destino
turístico, un gadget, un reto absurdo o un filtro de stories se viraliza en
redes y, de repente, miles (millones) corren a imitarlo. Da igual si realmente
lo necesitan, si les gusta de verdad o si les sienta bien. Lo importante es
estar dentro, formar parte de la conversación, no ser el que se queda fuera de
la foto.
En el fondo sigue mandando lo mismo de siempre: el
instinto gregario, esa necesidad tan humana (y tan animal) de no quedarse
aislado del rebaño. Por eso, la próxima vez que sientas el impulso de sumarte a
una moda solo porque «todo el mundo lo está haciendo», párate un segundo y
hazte una pregunta sencilla pero devastadora: «¿Realmente necesito esto… o solo
estoy buscando que me acepten?». La respuesta honesta suele ser clarísima. Y
cuando la escuchas de verdad, te ahorras tiempo, dinero y, sobre todo, un
pedacito más de tu propia individualidad. Ser diferente no es un castigo; a
veces es la única forma de no traicionarte.
En 1969, cuando las grandes ciudades europeas y americanas
ya mostraban signos evidentes de estrangulamiento por el crecimiento
descontrolado, el arquitecto manchego Miguel Fisac (Daimiel, 1913 – Madrid,
2006) publicó “La molécula urbana”. Una propuesta para la ciudad del futuro
(Ediciones y Publicaciones Españolas). En sus páginas, Fisac no se limitaba a
criticar el modelo urbano imperante; proponía una alternativa radical, orgánica
y profundamente humanista que, de haberse aplicado a gran escala, podría haber
evitado —o al menos mitigado— la masificación, el colapso de servicios y el
despilfarro de recursos que caracterizan hoy a las metrópolis del siglo XXI.
Fisac partía de una convicción clara: las doctrinas
urbanísticas dominantes habían olvidado el elemento más noble de la convivencia
humana. Ni la ciudad-jardín de Ebenezer Howard, ni los rascacielos aislados en
parques de Le Corbusier, ni las cuatro funciones funcionales de la Carta de
Atenas (habitar, trabajar, recrearse y circular) ponían en el centro lo que
para él constituía la esencia del progreso: la convivencia.
“La convivencia no es solo el problema más acuciante y
polémico que tiene el urbanismo, sino la esencia y el núcleo fundamental de la
arquitectura”, escribía Fisac.
Frente a la ciudad compacta y vertical, o a la dispersión
caótica suburbana, el arquitecto planteaba un modelo bioquímico: la molécula
urbana como unidad indivisible, autosuficiente y escalable.
La estructura de la “molécula”
El esquema que Fisac defendía constaba de varios componentes
orgánicos que debían convivir en equilibrio:
- Un núcleo central dedicado exclusivamente a la convivencia
ciudadana: espacios culturales, cívicos, comerciales y de encuentro, sin
tráfico residencial ni industrial. Era el corazón social de la molécula, el
lugar donde se materializaba la vida colectiva.
- Una corona de 35 a 60 barrios de aproximadamente 10.000
habitantes cada uno. Estos barrios residenciales se situaban a una distancia
razonable del núcleo (generalmente entre 5 y 10 km), conectados por vías
rápidas pero sin invadir el espacio central.
- Un amplio cinturón agrícola, ganadero y forestal que
separaba el núcleo de convivencia de los barrios residenciales y que se
extendía hasta unos 20 km del centro. Este anillo verde no era mero ornamento:
garantizaba la producción local de alimentos básicos, cerraba el ciclo natural
y devolvía al ciudadano el contacto cotidiano con la naturaleza y el trabajo
agrícola.
- Zonas industriales periféricas y cuidadosamente ubicadas,
de modo que su actividad no perturbase la vida urbana ni contaminase el
cinturón verde.
Esta disposición elástica permitía absorber cierto
crecimiento interno. Una vez saturada la molécula, la solución no era
extenderla indefinidamente (como ocurre con las actuales periferias metropolitanas),
sino crear una nueva molécula independiente, generando una red de ciudades
medianas en lugar de una megaciudad continua.
¿Por qué habría evitado la superpoblación y el
despilfarro?
El modelo de Fisac atacaba de raíz varias patologías
urbanas que hoy conocemos bien:
- Densidad controlada: Al limitar cada unidad a unos
350.000-600.000 habitantes (dependiendo del número de barrios), se evitaba la
hipertrofia que convierte barrios enteros en dormitorios sin vida propia.
- Proximidad campo-ciudad: El cinturón productivo reducía
drásticamente la dependencia de alimentos transportados a miles de kilómetros,
minimizaba emisiones por transporte de mercancías y fomentaba una agricultura
menos intensiva y más sostenible.
- Menor consumo de suelo y recursos: La separación clara de
usos impedía la ocupación caótica del territorio. Las infraestructuras (agua,
saneamiento, energía) se dimensionaban para unidades manejables, no para
monstruos de 5-15 millones de habitantes.
- Convivencia real frente a anonimato: Fisac insistía en que
la verdadera calidad de vida no reside en metros cuadrados de vivienda, sino en
la posibilidad de relacionarse sin masificación, en barrios de escala humana
donde la gente se conoce y coopera.
Un camino no tomado
A pesar de su lucidez, la propuesta de Fisac quedó en el
terreno de las ideas. En la España de finales de los 60 y los 70, el
desarrollismo priorizaba bloques masivos y polígonos industriales; en el mundo
occidental, el modelo seguía siendo el crecimiento continuo o la huida
suburbana motorizada. La “molécula urbana” fue considerada utópica por unos y
demasiado restrictiva por otros.
Hoy, cuando muchas metrópolis luchan con atascos crónicos,
olas de calor agravadas por la falta de verde, dependencia alimentaria global y
colapso de servicios en barrios sobredimensionados, la visión de Fisac adquiere
una vigencia casi profética. Su “ciudad convivencial” (como él mismo la
denominó) no era un retorno romántico al campo, sino una síntesis moderna entre
lo urbano y lo rural, entre densidad y humanidad, entre eficiencia y bienestar.
Quizá nunca construyamos literalmente las moléculas de
Fisac. Pero sus principios —escala humana, convivencia como prioridad,
integración productiva del paisaje, contención del crecimiento— siguen siendo
herramientas poderosas para repensar las ciudades que dejaremos en herencia a
las próximas generaciones. En un planeta con recursos finitos y población aún
creciente, ignorar esa lección es, sencillamente, un error evitable.
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