sábado, 31 de enero de 2026

El ejemplo de la Fórmula 1

En la Fórmula 1 no gana solo “tu” país o “tu” equipo: cuando triunfa tu piloto favorito, también se alegran —y mucho— aficionados de otras nacionalidades que ven ondear su bandera en el coche vencedor. Y viceversa.
 
Pero la magia no termina ahí. Cada invierno se produce un auténtico mercado de fichajes que parece diseñado para romper lealtades nacionales. Un piloto que el año pasado defendía los colores de una escudería “rival” puede aparecer en 2026 con los de tu equipo del corazón. Lewis Hamilton, por ejemplo, pasó de Mercedes a Ferrari y ahora muchos británicos celebran victorias de un coche rojo italiano; Checo Pérez, tras un año sabático, regresa con el nuevo equipo Cadillac y mexicanos y estadounidenses comparten alegría; Franco Colapinto, argentino, corre en Alpine (francesa) y genera entusiasmo en ambos lados del Atlántico.
 
El resultado es un deporte donde las alianzas son temporales, las identidades se mezclan y las rivalidades se quedan —casi siempre— en la pista. Hoy animas a un equipo y a un país; mañana, cuando tu piloto cambia de mono, cambias de bandera sin sentirte traidor. Y lo mejor: nadie te lo reprocha. Al contrario, se entiende.
 
En definitiva, la Fórmula 1 es una competición feroz en la que, sin embargo, todos nos sentimos un poco hermanos. Cada cual tiene sus preferencias, su casco favorito, su bandera que ondea en el garaje… pero al final del día celebramos los mismos adelantamientos, sufrimos los mismos abandonos y aplaudimos el mismo mérito.
 
Ojalá la política aprendiera algo de esta parrilla de 11 equipos y 22 pilotos. Porque en la F1 se demuestra que se puede pelear rueda con rueda, defender cada milímetro y aun así reconocerse al bajarse del coche. Sin trincheras permanentes. Solo respeto, admiración y ganas de volver a vernos el próximo fin de semana.
 
¿No sería hermoso que algún día pudiéramos decir lo mismo de otros ámbitos?
 

“El mejor deporte es la sonrisa”:
https://amzn.eu/d/3kcF9x6

Libros que te harán sonreír

El humor también es importante y es, por sí mismo, un género de la literatura. El escritor y periodista Vicente Fisac ha publicado varios libros con la sana intención de hacer sonreír al lector. 

Estos son los enlaces correspondientes para obtener más información sobre los mismos:
 
“El mejor deporte es la sonrisa”:
https://amzn.eu/d/3kcF9x6
 
“Humormicina”:
https://amzn.eu/d/6ly0DVm
 
“Diccionario político”:
https://amzn.eu/d/1Rb4UmC
 
Todos ellos están disponibles en Amazon

“Premio Harpo” para los laboratorios farmacéuticos

Hoy voy a rescatar un artículo inocente y respetuoso, basado en mi experiencia contrastada de muchos años en la industria farmacéutica. Se titulaba “Laboratorios mudos” y todo lo que decía allí era cierto… y sin embargo, escoció a más de uno.
 
Como de opiniones se trata, aquí te ofrezco aquél artículo –que desgraciadamente sigue estando de actualidad a pesar de todos los años transcurridos desde que se publicó- para que tú también te formes tu propia opinión…
 
Laboratorios mudos
 
Propongo hacer un ranking del tiempo que tardan en conceder una entrevista los presidentes de los laboratorios farmacéuticos y entregar el “Premio Harpo” al más mudo de todos ellos
 
Las empresas son entes abstractos a los que los seres humanos ponemos cara humana, la cara de las personas que conocemos y trabajan en esas empresas y la de sus directivos y por supuesto... la de su máximo representante. Nada hay más fácil ni acerca más a la opinión pública, que la imagen y la voz de ese alto directivo atendiendo a los periodistas e informando a través de ellos de los asuntos de interés público y/o empresarial en los que pueda estar inmersa la citada empresa.
 
Sin embargo el mundo de la industria farmacéutica –y salvo honrosas excepciones- ha sido tradicionalmente un “mundo sin rostro”: directivos que se esconden, cuyos teléfonos siempre están comunicando, que están reunidos, que están de viaje, que mejor que les pasemos las preguntas por escrito, que ya las contestarán cuando tengan tiempo, que –por supuesto- no publiquemos nada sin que ellos lo hayan visto, corregido y dado su OK antes. Pero ¿en qué mundo viven? Pues... así les va.
 
¿Para quién son los palos? Para la industria farmacéutica. ¿Quién es el malo de la película? (ni nuestro compañero y experto en cine Paco Fernández conoce ninguna película en la que los laboratorios farmacéuticos hagan algo bueno).
 
El desconocimiento genera desconfianza. Así, ante unas empresas que tradicionalmente no dan la cara, que no hacen escuchar su voz públicamente, que no se muestran públicamente orgullosas de los descubrimientos terapéuticos (¿quién investiga sino la industria farmacéutica?) y de sus contribuciones a la formación de los profesionales sanitarios (¿quién si no financia la formación continuada?), los ciudadanos de a pie solo conocen las voces en contra y el silencio de los laboratorios. ¿Qué imagen, pues, se van a formar?
 
Los laboratorios tendrán muchos defectos como cualquier otra empresa, pero también hacen mucho por la salud de los ciudadanos. Entonces ¿por qué se empeñan en callar y en dejar que sean los demás los únicos que hablen de ellos? Quizás sea un histórico sentimiento de culpa por presiones comerciales fuera de toda ética en el pasado, o por desconocimiento absoluto del poder de la comunicación, o por miedo a que se enfade su único cliente que es la Seguridad Social...
 
Desde esta tribuna os propongo hacer un ranking del tiempo que tardan en conceder una entrevista los presidentes de los laboratorios farmacéuticos y entregar el “Premio Harpo” al más mudo de todos ellos. ¿Os animáis?
 

El humor es la mejor medicina, y la única sin efectos secundarios… bueno, si acaso, un poco de hipo.
“Humormicina”:
https://amzn.eu/d/6ly0DVm

viernes, 30 de enero de 2026

English editions / Ediciones en inglés

Of all the books by journalist and writer Vicente Fisac, five have an English edition. These are the books and their corresponding links for more information:
 
De todos los libros del periodista y escritor Vicente Fisac, cinco de ellos cuentan con una edición en inglés. Estos son los libros y sus enlaces correspondientes para obtener más información sobre los mismos:
 
“From Alfred Nobel to AstraZeneca”:
https://amzn.eu/d/60fknh6
 
“The hidden message of Falcon Crest”:
https://amzn.eu/d/bc2wsvc
 
“Life debt”:
https://amzn.eu/d/ac8VGS8
 
“Kisses are tears”:
https://amzn.eu/d/j37jzFP
 
“Fleeing into silence”:
https://amzn.eu/d/drfB3zM
 
All of them are available on Amazon.
Todos ellos están disponibles en Amazon.

La presunción de inocencia selectiva: cuando “presunto” solo vale para los propios

En España, la presunción de inocencia no es un principio constitucional inquebrantable, sino un recurso retórico que se activa o desactiva según el color político del investigado. Lo que debería ser una garantía universal —artículo 24.2 de la Constitución Española— se ha convertido en un arma de doble filo manejada con cinismo por políticos y medios afines.
 
Cuando las pesquisas judiciales tocan a figuras del bando contrario, la presunción de inocencia desaparece del vocabulario periodístico casi por completo. Basta con una denuncia, un informe policial o una filtración interesada para que el titular pase directamente a acusar: “Tal político cobra mordidas”, “La presidenta regional trama su red clientelar”, “Tal diputado oculta fortunas en paraísos fiscales”. No hay “presunto”, no hay “investigado”, no hay cautela. La sentencia mediática se dicta en portada y se refuerza en tertulias y redes durante meses o años, mucho antes de que un juez pueda pronunciarse. La opinión pública, alimentada por esa narrativa, condena sin juicio y destroza reputaciones, familias y carreras profesionales.
 
Sin embargo, cuando el foco se gira hacia los propios —o hacia aliados circunstanciales—, el lenguaje cambia radicalmente. De pronto, reaparece el “presunto” como escudo sagrado. “Presunto caso de corrupción”, “presunto cobro de comisiones”, “presunto amaño de contratos”. Cualquier avance judicial se minimiza con expresiones como “no hay pruebas concluyentes”, “se trata de una persecución política” o “respetemos la presunción de inocencia”. Los mismos que ayer exigían cabezas por indicios leves, hoy claman al cielo si se menciona el nombre de un compañero sin sentencia firme. La hipocresía es tan evidente que roza lo caricaturesco.
 
Este doble rasero no es casual ni nuevo. Durante décadas hemos visto cómo los grandes bloques políticos —y sus ecosistemas mediáticos— aplican la presunción de inocencia como un paraguas selectivo. Para los suyos, es un derecho fundamental que debe protegerse hasta la extenuación; para los contrarios, un estorbo que se ignora en aras de la “verdad periodística” o la “necesidad de transparencia”. El resultado es el mismo: juicios paralelos que arruinan vidas cuando conviene y absoluciones mediáticas preventivas cuando toca defender al equipo.
 
Recordemos algunos patrones repetidos: cuando un caso salpica al adversario, se publican audios, se filtran sumarios y se especula sin pudor sobre culpabilidades evidentes “a ojos de cualquiera”. Cuando toca al propio bando, se apela a la “prudencia”, al “respeto a los tiempos judiciales” y a la sacralidad de la presunción de inocencia. Y si, finalmente, llega una sentencia absolutoria para quienes fueron machacados durante años, rara vez se ve una rectificación equivalente en titulares del mismo tamaño. La dignidad robada no se devuelve con la misma intensidad con la que se arrebató.
 
Esta instrumentalización del lenguaje y de los principios no solo degrada el periodismo, sino que erosiona la confianza en la justicia y en la democracia misma. Porque si la presunción de inocencia es un derecho humano fundamental, no puede ser un privilegio reservado a los que tienen altavoces afines o partidos poderosos detrás.
 
A los que manejan el “presunto” como un interruptor según la conveniencia política y mediática, cabría bautizarlos —con el cariño que merece el oficio cuando se ejerce con honestidad— como “presuntos periodistas”. Porque el periodismo digno no elige cuándo aplicar la Constitución: la aplica siempre, o deja de ser periodismo.
 
Hasta que no se entienda esto, seguiremos asistiendo al mismo espectáculo: la presunción de inocencia solo vale para los suyos. Y para los demás, la condena ya está escrita antes de que el juez levante el martillo.
 
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
 
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
 
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7

jueves, 29 de enero de 2026

Formación y Periodismo

El escritor y periodista Vicente Fisac ha escrito varios libros sobre Periodismo. 

Estos son los enlaces correspondientes con algunos de ellos para obtener más información sobre los mismos:
 
“De la Publicidad al Periodismo”:
https://amzn.eu/d/8ifmm6L
 
“Elogio de la síntesis”:
https://amzn.eu/d/g7EY1wP
 
“Editoriales diferentes”:
https://amzn.eu/d/6WSoSOV
 
“Lecturas diferentes”:
https://amzn.eu/d/aYJVROE
 
Todos ellos están disponibles en Amazon.

Cortinas de humo: el arte de que no se hable de lo que realmente importa

En la política española contemporánea existe una técnica tan vieja como eficaz: cuando la presión sobre la propia corrupción se vuelve insostenible, se lanza una cortina de humo. No hace falta que sea sutil; basta con que sea ruidosa, emocional y lo suficientemente morbosa o indignante como para copar titulares, tertulias y conversaciones durante días o semanas. Lo grave no es que los políticos la fabriquen; lo demoledor es que los grandes medios entran al trapo con entusiasmo, dedican portadas enteras, horas de directo y columnas interminables a ese fuego artificial, mientras los asuntos graves —los que implican malversación, cohecho, tráfico de influencias o enriquecimiento ilícito en el propio bando— quedan relegados a notas breves en páginas interiores o desaparecen del radar.
 
Un ejemplo reciente y paradigmático lo hemos vivido con las denuncias contra Julio Iglesias por supuestos abusos ocurridos hace décadas en el extranjero. De un día para otro, el caso inundó la agenda: tertulias enteras, editoriales airados, peticiones de retirada de honores, debates sobre consentimiento y poder… Todo ello antes de que existiera instrucción judicial seria en España. Curiosamente —o no tan curiosamente—, el estallido coincidió con momentos de máxima presión por casos de corrupción que salpicaban directamente al Gobierno y su entorno. Voces críticas lo señalaron de inmediato como cortina de humo, y el tiempo les dio la razón: la Fiscalía archivó la causa por falta de jurisdicción, pero el daño reputacional ya estaba hecho y, sobre todo, la conversación pública había cambiado de canal durante el tiempo necesario.
 
Otro clásico recurrente son las alarmas climatológicas o medioambientales magnificadas estratégicamente. Ante un incendio forestal devastador o una DANA, es legítimo informar con urgencia y exigir responsabilidades en prevención y gestión. Lo que ya no lo es tanto es convertir cada evento en una metáfora apocalíptica del “cambio climático asesino” mientras se evita hablar de contratos opacos en emergencias, de adjudicaciones dudosas en material antiincendios o de la gestión real de fondos europeos para transición ecológica. Cuando el Ejecutivo propone un “pacto de Estado climático” justo después de ser acorralado por informaciones graves, y el principal partido de la oposición lo tacha de cortina de humo, el patrón se repite: se genera un debate épico sobre negacionismo versus ecologismo radical, y mientras tanto los focos se alejan de los sumarios judiciales.
 
También funcionan a la perfección las denuncias que inflan nimiedades hasta convertirlas en escándalos nacionales —un gesto, una frase desafortunada, un viejo tuit rescatado— cuando conviene desviar la atención de lo estructural. Se dedica más tiempo de antena a discutir si alguien dijo “hijos de puta” o a analizar el color de una corbata que a explicar con detalle las ramificaciones de una trama de mordidas millonarias. Y los medios, en lugar de ejercer de filtro, amplifican el ruido porque genera audiencia, clics y debate polarizado. El resultado es previsible: la ciudadanía, saturada de indignación diaria, termina priorizando el espectáculo sobre los hechos. Se enfada con el famoso de turno, con el meteorólogo alarmista o con el político que metió la pata en un mitin, pero pierde de vista los miles de millones desviados, las tramas que implican a familiares o los enchufes que se perpetúan generación tras generación.
 
Esta dinámica no solo debilita la democracia; la anestesia. Mientras la opinión pública consume fuegos artificiales, los verdaderos problemas —corrupción sistémica, despilfarro, impunidad selectiva— avanzan sin control. Los medios no son inocentes: al seguir el juego, al dedicar recursos desproporcionados a las cortinas y no a las investigaciones duras, se convierten en cómplices necesarios del mecanismo.
 
A los que sistemáticamente lanzan o amplifican estas cortinas cuando les aprieta el zapato de la corrupción propia, y a los que las compran sin cuestionar el timing ni el calibre de la distracción, cabría llamarlos —con el respeto que merece el periodismo cuando se hace con rigor— “presuntos periodistas”. Porque informar de verdad no consiste en cambiar de canal cuando el escándalo toca a los tuyos; consiste en mantener el foco donde duele, aunque el rating baje y los anunciantes se incomoden.
 
Hasta que no rompamos esa complicidad, seguiremos igual: entretenidos con los fuegos artificiales y asfixiados por el fuego que nadie quiere apagar.
 
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
 
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
 
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7

miércoles, 28 de enero de 2026

Laboratorios farmacéuticos: Ni ángeles ni demonios

Los laboratorios farmacéuticos no son ni ángeles ni demonios. Son empresas privadas que operan en un sector altamente regulado, con un rol clave en el avance de la medicina moderna, pero también con prácticas que generan controversia y desconfianza pública.
 
Las farmacéuticas invierten miles de millones en investigación y desarrollo (I+D) para crear medicamentos que mejoren la salud y la calidad de vida. En 2024, el retorno promedio previsto sobre estas inversiones alcanzó el 5,9% según análisis de Deloitte sobre las 20 mayores compañías biofarmacéuticas, impulsado por productos de alto valor en áreas como obesidad, diabetes y oncología. Globalmente, el gasto en I+D superó los 276.000 millones de dólares en años recientes, superando con creces lo que destinan otros sectores a innovación similar. Sin esta lógica comercial —recuperar la inversión mediante ventas y generar beneficios para seguir invirtiendo—, el ritmo de descubrimiento de nuevos tratamientos se frenaría drásticamente.
 
Sin embargo, la percepción pública es mayoritariamente negativa. Encuestas como las de Gallup muestran que la industria farmacéutica suele ocupar los últimos puestos en valoración social en Estados Unidos, con solo un 18-27% de opiniones positivas en años recientes, influida por factores como los altos precios de los medicamentos (especialmente en EE.UU.), casos de marketing agresivo, el rol en la crisis de opioides y la percepción de priorizar beneficios sobre pacientes. Esta desconfianza no es infundada en todos los casos: ha habido episodios de ocultación de datos, promoción off-label o incrementos injustificados de precios que han dañado la credibilidad del sector.
 
Una comparación interesante surge al analizar la exigencia social hacia las farmacéuticas. ¿Por qué se les pide donar medicamentos al Tercer Mundo o venderlos a precio de coste, mientras no se exige lo mismo a empresas de alimentación, agua potable o textil, bienes aún más básicos para la supervivencia? De hecho, las farmacéuticas han sido históricamente más activas en donaciones y programas de acceso que otros sectores industriales. Compañías como GlaxoSmithKline han liderado rankings de donaciones de productos en países en desarrollo según índices como Access to Medicine, aunque estos esfuerzos a menudo se critican por ser insuficientes, temporales o condicionados. Modelos como precios diferenciados por país o colaboraciones con organizaciones internacionales (GAVI, OMS) han ampliado el acceso, pero no resuelven la raíz del problema: la dependencia de donaciones en lugar de sistemas sostenibles.
 
El origen principal de la mala imagen radica en la comunicación. Durante décadas, muchas compañías han optado por una postura defensiva o discreta ante los medios y la sociedad, lo que transmite opacidad y genera sospecha de que “tienen algo que ocultar”. Estudios y análisis en España y a nivel internacional destacan que los prejuicios persisten porque la industria no explica suficientemente su proceso: el alto riesgo (muchos proyectos fallan), los costes reales de desarrollo (miles de millones por fármaco aprobado) o el impacto positivo en esperanza de vida y control de enfermedades crónicas.
 
Ejemplos positivos existen. Algunas empresas han mejorado notablemente su reputación al apostar por transparencia y diálogo abierto: códigos éticos estrictos, publicación proactiva de ensayos clínicos, colaboración con asociaciones de pacientes desde fases tempranas y campañas que humanizan la ciencia (como las que integran voces de pacientes reales). En España, iniciativas de autorregulación como el Código de Buenas Prácticas de Farmaindustria y la visibilidad de unidades de supervisión independiente marcan un camino. Compañías que comunican con claridad sus inversiones en I+D, sus programas de acceso y responden reactivamente a desinformación logran diferenciarse.
 
En resumen, los laboratorios farmacéuticos son compañías comerciales con incentivos económicos legítimos, pero cuya actividad tiene un impacto tan directo en la vida humana que genera expectativas éticas más altas que en otros sectores. Ni inventan enfermedades ni regalan todo gratuitamente, pero tampoco son meras máquinas de beneficios sin control. La clave para equilibrar su imagen pasa por más transparencia, comunicación honesta y proactiva, y demostrar —con hechos— que la rentabilidad y el avance médico no son incompatibles. Solo así se podrá pasar de la caricatura de “villanos” o “santos” a una visión realista: empresas imperfectas que, bien reguladas y comunicadas, contribuyen decisivamente al progreso sanitario global.
 

“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
https://amzn.eu/d/gj7ZWcj

Poesía contemporánea

El periodista y escritor Vicente Fisac ha publicado varios libros de poesía. Estos son los enlaces correspondientes para obtener más información sobre los mismos:

“Todo Poesía”:
https://amzn.eu/d/4zxhbGT

“Yo soy Alma & Algo así”:
https://amzn.eu/d/dchXnPt

“Arquitecto de emociones”:
https://amzn.eu/d/4uGH3XH 
 
“Una santa desconocida”:
https://amzn.eu/d/7Pb3hpa
 
Todos ellos están disponibles en Amazon.

Una selección de novelas

Las novelas escritas por el periodista y escritor Vicente Fisac se han reunido en tres volúmenes, “Novelas con aire nórdico”, “Novelas con corazón” y “Novelas escogidas”. 

Estos son los enlaces correspondientes para obtener más información sobre las mismas:
 
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
 
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
 
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7
 
Los tres tomos están disponibles en Amazon.

El noble arte del voto nulo intencionado

Imagina la escena: es domingo electoral, te levantas con la misma ilusión que quien va al dentista a sacarse una muela del juicio, te pones la ropa “decente pero no demasiado” y acudes al colegio electoral como quien va a renovar el DNI… pero con más ganas de liarla parda. Allí estás, con la papeleta en la mano, mirando las caras de los candidatos como si fueran el menú de un restaurante chino después de tres cervezas: todos te suenan igual de apetecibles. Y entonces te planteas la pregunta del millón: ¿y si en vez de elegir el mal menor, elijo el caos controlado? Bienvenidos al noble arte del voto nulo intencionado, también conocido como “la forma más creativa de mandar a paseo el sistema sin quedarte en el sofá”.
 
Primero, repasemos el catálogo de opciones que tenemos los españoles cada cuatro años (o cada vez que se les antoja a los de arriba):
 
No votar. La abstención clásica. Muy válida, muy filosófica, muy “estoy tan harto que ni me levanto”. El problema es que luego salen los portavoces en la tele diciendo: “La baja participación se debe al buen tiempo / al mal tiempo / a que la gente está de resaca del sábado / a Mercurio retrógrado”. Nunca, jamás, a que la gente está hasta el gorro de todos ellos. Milagro.
 
Voto en blanco. El rey del conformismo pasivo-agresivo. Vas, haces cola, metes el sobre vacío… y básicamente le dices al sistema: “Aquí estoy, obediente como un corderito, pero mi opinión vale lo mismo que un like en LinkedIn”. Se cuenta como voto válido, infla la participación y al final se reparte proporcionalmente entre los que sí han elegido. O sea: ayudas a que gane el que iba a ganar de todas formas, pero con carita de mártir.
 
Votar a alguien. Hay tres sabores:
a) El iluso optimista: “¡Viva mi partido soñado! ¡A por los 350 escaños!”.
b) El pragmático deprimido: “Voy a votar al que menos me revuelve el estómago para que no gane el que directamente me da arcadas”. El famoso “voto tapón”.
c) El testimonial hipster: “Yo voto a ese partido que saca 0,3% y habla de la reforestación lunar. Soy diferente”.
 
Y luego está el voto nulo, la opción punk-rock del catálogo:
No es un error de principiante: es un statement. Metes en el sobre un recorte de El País con el titular “Otra vez empate técnico”, un ticket del Mercadona del día anterior, el envoltorio de una chocolatina (ideal si es de las que prometen felicidad y nunca cumplen), un post-it con “¿Me das tu teléfono, chati?” o simplemente escribes a boli “Aupa Atleti” en la papeleta del PSOE. O “Viva Cartagena” en la del PP. Da igual el mensaje, siempre que no sea un “Voto a favor de fulanito”.
¿Qué consigues con esto? Pues varias cosas gloriosas:
La participación sube en las estadísticas oficiales (tú has ido a votar, ¿no?). El porcentaje de participación se calcula sobre votos válidos + nulos + blancos. Así que ayudas a que no digan “la gente pasa de votar”.
Pero tu voto no ayuda a nadie. Ni un escaño más para el partido grande, ni un concejal extra para el minoritario. Cero. Nada. Es el equivalente electoral a tirar la servilleta al suelo y decir “me voy, pero antes os dejo el regalito”.
Si el número de nulos se dispara (digamos, un 10-15% en vez del típico 1-2%), ya no pueden decir que “fue por error”. Se convierte en noticia. En portada. En tertulia de “¡La ciudadanía está cabreada!”. Y eso, amigos, es lo más cerca que vamos a estar de un “referéndum de cabreo” sin que nos llamen antisistema por la tele.
 
Claro, algún purista dirá: “Eso no cambia nada, solo es postureo”. Y tiene razón… a medias. No cambia el Gobierno de mañana. Pero sí cambia la conversación. Y en un país donde los políticos miden su éxito por décimas y por cuotas de pantalla, un montón de votos nulos con forma de ticket de supermercado o de “Me cago en la boina” es como ponerles un espejo delante: “Mirad lo que habéis conseguido, cracks”. Así que la próxima vez que entres en el colegio electoral con cara de “esto no me lo quita nadie”, recuerda: no tienes por qué elegir entre el mal, el peor y el regular. Puedes elegir el sobre con sorpresa. El caos simpático. La protesta con humor. Porque a veces, la mejor manera de decir “no me representáis” es no dejar que nos representen ni un poquito. Ni siquiera con el 0,0001% que te tocaría. (¿Y si un día los nulos superan a los votos del partido ganador? Ese día pedimos pizza para todos y vemos qué pasa).
 

Definición de “urna”: 
Féretro en el que se entierran las ilusiones.

“Diccionario político”:
https://amzn.eu/d/1Rb4UmC

martes, 27 de enero de 2026

Que los hechos sean la base de nuestros pronunciamientos

Las cosas no son de un color u otro sino que siempre tienen mezcla de algo. Por eso, a la hora de emitir nuestras opiniones, deberíamos ser los más imparciales posibles, entendiendo que nadie hace todo bien y nadie hace todo mal. De todos y cada uno de nosotros hay algo que podemos tomar como ejemplo a seguir y algo que podemos tomar como error a evitar. No deberíamos dejarnos llevar nunca por juicios preconcebidos ni por posturas fundamentalistas. La opinión debe estar construida sobre los hechos y el razonamiento, no sobre el apasionamiento.
 
Tratemos de buscar lo que de bueno y positivo hay en cada uno (que siempre hay algo), seamos imparciales pero también justos, denunciando y reclamando responsabilidades a quien las merezca. Pero no nos dejemos llevar por los apasionamientos ni por las ideas preconcebidas; que los hechos sean la base de nuestros pronunciamientos.
 

“Arquitecto de emociones”:
https://amzn.eu/d/4uGH3XH

Los lectores somos las víctimas

Es un defecto generalizado mezclar información y opinión. Cuando esto sucede, la información deja de ser imparcial puesto que toma el sesgo de los intereses de quien escribe. Y la verdad, parece que es muy difícil dejar a cada una en su lado: que la “opinión” lleve ese encabezamiento identificativo al igual que se hace con los “publirreportajes” y que la información se limite a informar sin incluir juicios de valor.
 
Parece una utopía, no obstante, conseguir esto, y así vemos a diario cómo muchos periodistas transforman y “utilizan” las informaciones para verter en ellas sus opiniones y emplearlas como arma arrojadiza contra los que opinan diferente. Donde más evidente se hace todo esto es en el campo de la política y así, vemos a diario un fuego cruzado no sólo de opiniones (que sería lo deseable: dar al lector diferentes opiniones en igualdad de condiciones, para que sea el propio lector quien se forme su propia opinión) sino de noticias con un enfoque claramente parcial. Además, si una noticia puede favorecer a la línea de pensamiento de un determinado medio, será incluida en el mismo, mientras que si es contraria no se hará referencia a ella o se buscará algún “enfoque” que permita dar la vuelta a la noticia para favorecer esa otra línea editorial.
 
Recuerdo que un amigo me decía “yo leo cada día dos periódicos, el A y el Z, y luego saco la media para saber qué es exactamente lo que ha pasado”. La verdad es que es triste tener que recurrir a estos artilugios al no ser posible encontrar una información imparcial en cada medio. Pero aun así, dudo mucho que pueda obtenerse un extracto imparcial de dos informaciones contaminadas.
 
Como siempre, la víctima son los lectores, todos nosotros a fin de cuentas, a quienes se nos veta la capacidad de utilizar nuestra inteligencia para extraer conclusiones y opiniones de lo que sucede a nuestro alrededor. En su lugar, se nos anestesia con información sesgada para que sigamos fielmente la opinión de un determinado grupo de poder y ejerzamos la única actividad que nos está permitida: votar.
 
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
 
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
 
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7

lunes, 26 de enero de 2026

Música, emociones y palabras

Cuando nos sentamos tranquilamente y dejamos que la música nos embriague, experimentamos cómo –gradualmente- abandonamos esta existencia terrestre y comenzamos a funcionar en otro plano en donde las palabras no son necesarias. Y es que nuestras emociones reaccionan ante la música igual que ante el lenguaje hablado.
 
Yo podría recomendar aquí la Sinfonía Nº 1 de Brahms; pero cualquier música melódica e inspiradora te ayudará igualmente a alcanzar ese pequeño nirvana que llenará de satisfacción tu alma. 

Poner una música de fondo, dejarse llevar por ella, y ponerse a leer o escribir, es una experiencia que no tiene precio y está al alcance de todos.
 
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
 
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
 
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7