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jueves, 26 de marzo de 2026

El síndrome del experto instantáneo

Como está de moda eso de los “síndromes” hoy vamos a hablar de uno nuevo y muy actual: El síndrome del experto instantáneo, es decir, cuando creemos tener siempre razón (y nos sobra con encuestarnos sólo a nosotros mismos).
 
El ser humano lleva milenios convenciéndose de que su visión del mundo es la correcta, la única sensata, la que debería imponerse por pura lógica. Si alguien osa disentir, el mecanismo se activa de inmediato: molestia, indignación, discusión acalorada o, en el mejor de los casos, un silencioso desprecio. ¿Por qué nos cuesta tanto tolerar que otra persona piense diferente? Porque, en el fondo, partimos de una premisa casi infantil: yo estoy en lo cierto. Y punto.
 
Esta certeza absoluta no necesita grandes fundamentos. Basta con un ejercicio de osadía sin límites: realizamos una “encuesta” exhaustiva… a una sola persona = Nosotros mismos. Mi opinión ya basta. No hace falta consultar a nadie más, contrastar datos ni dudar un segundo. Con esa muestra de n=1 ya estamos en condiciones de pontificar sobre economía, política internacional, educación, cambio climático, fútbol o la mejor forma de hacer tortilla de patatas. El resto del planeta solo tiene que alinearse.
 
A esta “investigación” de bolsillo le sumamos una documentación de lujo: unos cuantos titulares sueltos que hemos visto (ni siquiera se le puede llamar a eso “leer”). No nos hemos molestado en pinchar el enlace, leer el artículo completo ni —mucho menos— verificar la fiabilidad del medio. Da igual. El titular ya nos ha dado la verdad absoluta (en el caso, por supuesto, de que esdté alineado con lo que nosotros pensamos; porque si no, será falso). Con eso sobra para armar una opinión firme, inquebrantable y, sobre todo, muy dispuesta a ser compartida en voz alta.
 
Somos, entonces, expertos en todo. O al menos nos sentimos así. Lo único que sabemos de un tema complejo suele reducirse a lo que captamos en un titular fugaz o a la opinión que soltó alguien que nos cayó simpático en una cena, en un podcast o en un tuit ingenioso. No importa que nuestro conocimiento sea superficial, fragmentario o directamente equivocado. La confianza en nuestro propio juicio es inversamente proporcional a la profundidad real que tenemos del asunto. Cuanto menos sabemos, más seguros estamos.
 
Este fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales y el bombardeo informativo constante lo han exacerbado hasta límites ridículos. Estudios psicológicos llevan décadas documentando el sesgo de confirmación: tendemos a buscar, interpretar y recordar solo la información que encaja con lo que ya creemos, descartando —o directamente ignorando— todo lo que lo contradiga. Es un filtro mental automático que nos protege del malestar de la duda. Y en tiempos de scroll infinito, ese filtro encuentra alimento fácil: algoritmos que nos sirven más de lo mismo, titulares diseñados para emocionar (casi siempre para indignar) y una cultura del “opinar rápido” que premia la vehemencia por encima de la precisión.
 
Peor aún: un porcentaje alarmante de personas comparte enlaces sin haberlos leído. Investigaciones recientes indican que hasta el 75 % de los enlaces difundidos en redes sociales se comparten sin que el usuario haya pasado del titular. Leemos el cebo emocional, nos indignamos o nos alegramos en tres segundos, pulsamos “compartir” y ya estamos contribuyendo a moldear la opinión pública con información que ni siquiera hemos digerido. El resultado es una conversación colectiva basada en titulares trampa, medias verdades y reacciones viscerales.
 
Y aquí entra otro ingrediente tóxico: la ilusión de ser un “experto”. Nos creemos capacitados para juzgar cualquier cosa porque hemos consumido “información” (entre comillas). Pero consumir titulares no equivale a entender. Es como pretender ser chef porque has visto muchos vídeos de cocina. La soberbia intelectual crece en la misma medida que la ignorancia se disfraza de certeza.
 
No se trata de pedir que todos se conviertan en académicos o que dejen de tener opiniones. Se trata de reconocer que tener una opinión no es lo mismo que tener razón, y que la nuestra, por muy sentida que esté, no deja de ser solo eso: una opinión. Construida muchas veces sobre una encuesta de una persona, unos titulares mal leídos y la comodidad de no cuestionarnos.
 
Deberíamos leer y escuchar más, discutir menos y aceptar que otros piensen diferente. No sabemos tanto como creemos y eso no nos hace más tontos sino más humanos. Lo peligroso no es equivocarse, sino creerse infalible con tan poco bagaje. Porque cuando todos somos expertos instantáneos, la conversación se convierte en ruido, el debate en griterío y la verdad —esa que requiere esfuerzo, duda y contraste— termina ahogada.
 

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miércoles, 25 de marzo de 2026

Creencias “fake”. Dos ejemplos

Hace unos años se supo que el cuadro “El coloso” de Goya, no es de Goya ni se sabe muy bien quién pudo pintarlo.
 
Hace unos años se descubrió que la famosa foto “Muerte de un miliciano” tomada por Robert Capa durante la guerra civil, sólo era un montaje con un modelo fingiendo que le han disparado.
 
Sólo son dos ejemplos. Muchos años alabando un cuadro de un famoso pintor y un buen día descubrimos que no lo pintó él sino un desconocido. Muchos años alabando aquella fotografía que nos mostraba la muerte en directo y resulta que todo era un montaje.
 
En el primer caso, como entendidos en pintura hay pocos, pocos son también los que hablan de este cuadro que durante tanto tiempo se atribuyó a Goya y hoy no sabemos quién lo pintó. En el segundo caso, han dado tanta publicidad a esa foto algunos partidos políticos que aún hoy hay mucha gente que sigue creyendo que ésa foto se tomó en el mismo momento en que una bala impactó en el miliciano y no se cree –aunque se lo digan los expertos- que sólo era un montaje.
 
Y así un día tras otro... ¿Hay algo de verdad en este mundo? Quizás la única verdad es que todo es mentira, una ilusión de los sentidos que no somos capaces de descubrir...
 

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martes, 24 de marzo de 2026

La imparcialidad (?) en el periodismo actual

Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos que interesa al lector.
 
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
 
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras pretenden causar?
 
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos, consciente o inconscientemente, tomando partido?
 
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos expuestos de forma simultánea y equilibrada?
 
Contamos con espacios claramente delimitados para la opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
 
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la interpretación que nosotros preferimos?
 
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras hacen exactamente lo contrario con otros?
 
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos —y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
 
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar. Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
 
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
 

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lunes, 23 de marzo de 2026

¿Eres inteligente? Así puedes comprobarlo…

Muchos nos consideramos bastante perspicaces, pero la realidad es que la autopercepción de inteligencia suele ser generosa. La psicología ha identificado ciertas tendencias conductuales que, aunque no miden el CI de forma directa ni son infalibles, aparecen con mayor frecuencia en personas que se sitúan en el percentil superior de capacidad reflexiva y analítica (digamos, por encima del 95 % en ciertos aspectos cognitivos). Estas tres actitudes revelan una mente que tiende a procesar el mundo de manera más profunda y selectiva.
 
1. Valoras la soledad productiva por encima de la compañía mediocre
No se trata de ser ermitaño ni de despreciar el contacto humano, sino de proteger con cuidado el tiempo y la energía mental. Mientras muchas personas recargan fuerzas con estímulos externos constantes —charlas continuas, ruido de fondo, grupos grandes—, otras encuentran en el silencio un aliado indispensable.  Elegir estar a solas no equivale a sentir un vacío; al contrario, se convierte en un recurso valioso para ordenar pensamientos, profundizar en lecturas, planificar con calma o simplemente digerir experiencias sin interferencias. Las mentes más analíticas suelen percibir ese espacio individual como una especie de gimnasio cognitivo: ahí es donde se fortalecen las ideas, se conectan puntos dispersos y se gana claridad. Por eso prefieren una tarde tranquila antes que una reunión llena de charlas poco nutritivas. Es una forma de priorizar relaciones de calidad sobre cantidad, y también una muestra de inteligencia emocional al reconocer qué tipo de entorno les resulta realmente enriquecedor.
 
2. Dudas sistemáticamente en lugar de tragarte las ideas de moda
Una marca distintiva de las personas con mayor agudeza analítica es que rara vez dan por sentada una afirmación solo porque “todo el mundo lo dice” o porque suena convincente a primera vista. Su instinto automático es preguntar: ¿de dónde sale esto?, ¿qué evidencia concreta lo sostiene?, ¿qué se está dejando fuera?, ¿existe otra perspectiva igual o más sólida?  Ese hábito de escrutinio no implica negatividad ni rechazo automático; simplemente significa que prefieren construir su opinión sobre cimientos verificables en vez de aceptar paquetes prefabricados. Requiere más esfuerzo mental —investigar, contrastar fuentes, tolerar la incertidumbre temporal—, pero a cambio les permite llegar a conclusiones más robustas y tomar decisiones menos influenciadas por la presión social o el ruido colectivo. En entornos académicos, científicos, estratégicos o empresariales, esta disposición a cuestionar es precisamente una de las competencias más apreciadas.
 
3. Las charlas banales te dejan agotado con rapidez
Muchas personas disfrutan y se relajan con conversaciones ligeras sobre el tiempo, series, cotilleos o polémicas del momento. Sin embargo, quienes tienen una curiosidad intelectual más intensa suelen experimentar ese tipo de intercambio como un gasto energético considerable sin apenas retorno.  No es que sean incapaces de participar en pláticas informales —claro que pueden y a veces lo hacen—, pero cuando esas interacciones se alargan sin aportar sustancia, sienten que están desperdiciando capacidad mental. Lo que realmente les activa y les hace sentir vivos son los diálogos que giran en torno a conceptos, ideas complejas, proyectos creativos, dilemas éticos, tendencias futuras o cualquier tema que invite a pensar más allá de la superficie. Por eso tienden a buscar (o a crear) espacios donde el intercambio tenga mayor densidad y profundidad.  En resumen, estas tres tendencias —proteger el tiempo en soledad, someter las ideas a examen crítico y buscar conversaciones con peso intelectual— no convierten a nadie en genio automáticamente, pero sí suelen coincidir en personas cuya forma de procesar el mundo es notablemente más reflexiva y selectiva.
 
¿Se ajustan estas tres características a tu perfil?
 

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domingo, 22 de marzo de 2026

Un poema inédito del Nobel de Literatura José de Echegaray

(Sunday Poetry Corner) El pasado mes de diciembre 2025 el Ateneo de Madrid incorporó a sus archivos un poema inédito del premio Nobel de Literatura (1904), José de Echegaray. Este poema manuscrito e inédito que había permanecido durante décadas en una colección privada ha visto de nuevo la luz y está disponible para todos los amantes de la cultura gracias a la donación de un particular en su deseo de contribuir a la conservación y divulgación del legado poético de este gran hombre de ciencias y de letras.
Como se puede apreciar en la fotografía, la caligrafía de Echegaray era espantosa, tanto que hubo que recurrir a la Inteligencia Artificial (IA) para descifrar algunas palabras de este poema, cuya transcripción ofrecemos a continuación.
 
Esta donación es un gesto que quizás anime a otras personas que guardan en sus bibliotecas particulares documentos de interés cultural y/o histórico, para que donen los mismos a instituciones públicas a fin de posibilitar el acceso a los mismos a todas las personas interesadas y preservar de esta manera dichos documentos a las generaciones futuras.
 
El poema que ahora ha vuelto a la vida, se titula precisamente “La vida”:
 
LA VIDA
 
I
La vida es como el agua
de los molinos,
baja de las montañas
por entresijos,
dando reflejo a las flores
y al aire visos.
 
Forma después remanso,
ancho y tranquilo;
pasa bajo las piedras
que muelen trigo
por las angostas rendijas
de un canalizo,
y sale al fin deshecha
y a torbellinos
para correr unida
dentro de un río
que la lleva veloz
al mar vecino.
 
II
La vida es cual la nube
que lleva el viento;
por la mañana pasa
prendida al cielo,
después rojo carmín
de grana y fuego;
luego se disipa
en jirones luego
vuela al espacio
profundo y negro.
 
III
La vida es el oleaje
inquieto y vario
que viene desde lejos
hacia la playa:
besa la arena
por donde pasa
y deja espuma
y otra vez agua
vuelve al mar, a su ola
de otra esperanza.
 
(Firma: J. de Echegaray)
 
Notas.- En el verso “angostas rendijas / de un canalizo”, el famoso citado “canalizo” (canal pequeño o acequia de molino) es típico del léxico rural español del siglo XIX.
Del verso “rojo carmín”, hay que señalar que el “carmín” es el color rojo intenso del atardecer, muy usado por los poetas de la época.
En el verso “luego se disipa / en jirones luego”, tenemos la repetición de “luego” que es un recurso rítmico que Echegaray usaba a veces; el primer “luego” cierra la idea de la transformación y el segundo inicia la idea del desgarro.
 

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