Como está de moda eso de los “síndromes” hoy vamos a
hablar de uno nuevo y muy actual: El síndrome del experto instantáneo, es
decir, cuando creemos tener siempre razón (y nos sobra con encuestarnos sólo a
nosotros mismos).
El ser humano lleva milenios convenciéndose de que su
visión del mundo es la correcta, la única sensata, la que debería imponerse por
pura lógica. Si alguien osa disentir, el mecanismo se activa de inmediato:
molestia, indignación, discusión acalorada o, en el mejor de los casos, un
silencioso desprecio. ¿Por qué nos cuesta tanto tolerar que otra persona piense
diferente? Porque, en el fondo, partimos de una premisa casi infantil: yo estoy
en lo cierto. Y punto.
Esta certeza absoluta no necesita grandes fundamentos.
Basta con un ejercicio de osadía sin límites: realizamos una “encuesta”
exhaustiva… a una sola persona = Nosotros mismos. Mi opinión ya basta. No hace
falta consultar a nadie más, contrastar datos ni dudar un segundo. Con esa
muestra de n=1 ya estamos en condiciones de pontificar sobre economía, política
internacional, educación, cambio climático, fútbol o la mejor forma de hacer
tortilla de patatas. El resto del planeta solo tiene que alinearse.
A esta “investigación” de bolsillo le sumamos una
documentación de lujo: unos cuantos titulares sueltos que hemos visto (ni
siquiera se le puede llamar a eso “leer”). No nos hemos molestado en pinchar el
enlace, leer el artículo completo ni —mucho menos— verificar la fiabilidad del
medio. Da igual. El titular ya nos ha dado la verdad absoluta (en el caso, por
supuesto, de que esdté alineado con lo que nosotros pensamos; porque si no,
será falso). Con eso sobra para armar una opinión firme, inquebrantable y,
sobre todo, muy dispuesta a ser compartida en voz alta.
Somos, entonces, expertos en todo. O al menos nos sentimos
así. Lo único que sabemos de un tema complejo suele reducirse a lo que captamos
en un titular fugaz o a la opinión que soltó alguien que nos cayó simpático en
una cena, en un podcast o en un tuit ingenioso. No importa que nuestro
conocimiento sea superficial, fragmentario o directamente equivocado. La confianza
en nuestro propio juicio es inversamente proporcional a la profundidad real que
tenemos del asunto. Cuanto menos sabemos, más seguros estamos.
Este fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales y el
bombardeo informativo constante lo han exacerbado hasta límites ridículos.
Estudios psicológicos llevan décadas documentando el sesgo de confirmación:
tendemos a buscar, interpretar y recordar solo la información que encaja con lo
que ya creemos, descartando —o directamente ignorando— todo lo que lo contradiga.
Es un filtro mental automático que nos protege del malestar de la duda. Y en
tiempos de scroll infinito, ese filtro encuentra alimento fácil: algoritmos que
nos sirven más de lo mismo, titulares diseñados para emocionar (casi siempre
para indignar) y una cultura del “opinar rápido” que premia la vehemencia por
encima de la precisión.
Peor aún: un porcentaje alarmante de personas comparte
enlaces sin haberlos leído. Investigaciones recientes indican que hasta el 75 %
de los enlaces difundidos en redes sociales se comparten sin que el usuario
haya pasado del titular. Leemos el cebo emocional, nos indignamos o nos
alegramos en tres segundos, pulsamos “compartir” y ya estamos contribuyendo a
moldear la opinión pública con información que ni siquiera hemos digerido. El
resultado es una conversación colectiva basada en titulares trampa, medias
verdades y reacciones viscerales.
Y aquí entra otro ingrediente tóxico: la ilusión de ser un
“experto”. Nos creemos capacitados para juzgar cualquier cosa porque hemos
consumido “información” (entre comillas). Pero consumir titulares no equivale a
entender. Es como pretender ser chef porque has visto muchos vídeos de cocina. La
soberbia intelectual crece en la misma medida que la ignorancia se disfraza de
certeza.
No se trata de pedir que todos se conviertan en académicos
o que dejen de tener opiniones. Se trata de reconocer que tener una opinión no
es lo mismo que tener razón, y que la nuestra, por muy sentida que esté, no
deja de ser solo eso: una opinión. Construida muchas veces sobre una encuesta
de una persona, unos titulares mal leídos y la comodidad de no cuestionarnos.
Deberíamos leer y escuchar más, discutir menos y aceptar
que otros piensen diferente. No sabemos tanto como creemos y eso no nos hace
más tontos sino más humanos. Lo peligroso no es equivocarse, sino creerse
infalible con tan poco bagaje. Porque cuando todos somos expertos instantáneos,
la conversación se convierte en ruido, el debate en griterío y la verdad —esa
que requiere esfuerzo, duda y contraste— termina ahogada.
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Hace unos años se supo que el cuadro “El coloso” de Goya,
no es de Goya ni se sabe muy bien quién pudo pintarlo.
Hace unos años se descubrió que la famosa foto “Muerte de
un miliciano” tomada por Robert Capa durante la guerra civil, sólo era un
montaje con un modelo fingiendo que le han disparado.
Sólo son dos ejemplos. Muchos años alabando un cuadro de
un famoso pintor y un buen día descubrimos que no lo pintó él sino un
desconocido. Muchos años alabando aquella fotografía que nos mostraba la muerte
en directo y resulta que todo era un montaje.
En el primer caso, como entendidos en pintura hay pocos,
pocos son también los que hablan de este cuadro que durante tanto tiempo se
atribuyó a Goya y hoy no sabemos quién lo pintó. En el segundo caso, han dado
tanta publicidad a esa foto algunos partidos políticos que aún hoy hay mucha
gente que sigue creyendo que ésa foto se tomó en el mismo momento en que una
bala impactó en el miliciano y no se cree –aunque se lo digan los expertos- que
sólo era un montaje.
Y así un día tras otro... ¿Hay algo de verdad en este
mundo? Quizás la única verdad es que todo es mentira, una ilusión de los
sentidos que no somos capaces de descubrir...
Novelas escogidas
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Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza
afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia
legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos
que interesa al lector.
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten
sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo
o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o
incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o
insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos
amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras
pretenden causar?
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe
amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan
silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos,
consciente o inconscientemente, tomando partido?
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana
buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero
para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así
sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más
respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de
condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos
expuestos de forma simultánea y equilibrada?
Contamos con espacios claramente delimitados para la
opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones
personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas
informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces
de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por
qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la
interpretación que nosotros preferimos?
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada
actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se
especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras
hacen exactamente lo contrario con otros?
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino
invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad
intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad
y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal
como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos
—y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que
acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar.
Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni
indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras
propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento
actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
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Muchos nos consideramos bastante perspicaces, pero la
realidad es que la autopercepción de inteligencia suele ser generosa. La
psicología ha identificado ciertas tendencias conductuales que, aunque no miden
el CI de forma directa ni son infalibles, aparecen con mayor frecuencia en
personas que se sitúan en el percentil superior de capacidad reflexiva y
analítica (digamos, por encima del 95 % en ciertos aspectos cognitivos). Estas
tres actitudes revelan una mente que tiende a procesar el mundo de manera más profunda
y selectiva.
1. Valoras la soledad productiva por encima de la compañía
mediocre
No se trata de ser ermitaño ni de despreciar el contacto
humano, sino de proteger con cuidado el tiempo y la energía mental. Mientras
muchas personas recargan fuerzas con estímulos externos constantes —charlas
continuas, ruido de fondo, grupos grandes—, otras encuentran en el silencio un
aliado indispensable. Elegir estar a
solas no equivale a sentir un vacío; al contrario, se convierte en un recurso
valioso para ordenar pensamientos, profundizar en lecturas, planificar con
calma o simplemente digerir experiencias sin interferencias. Las mentes más
analíticas suelen percibir ese espacio individual como una especie de gimnasio
cognitivo: ahí es donde se fortalecen las ideas, se conectan puntos dispersos y
se gana claridad. Por eso prefieren una tarde tranquila antes que una reunión
llena de charlas poco nutritivas. Es una forma de priorizar relaciones de
calidad sobre cantidad, y también una muestra de inteligencia emocional al
reconocer qué tipo de entorno les resulta realmente enriquecedor.
2. Dudas sistemáticamente en lugar de tragarte las ideas
de moda
Una marca distintiva de las personas con mayor agudeza
analítica es que rara vez dan por sentada una afirmación solo porque “todo el
mundo lo dice” o porque suena convincente a primera vista. Su instinto
automático es preguntar: ¿de dónde sale esto?, ¿qué evidencia concreta lo
sostiene?, ¿qué se está dejando fuera?, ¿existe otra perspectiva igual o más
sólida? Ese hábito de escrutinio no
implica negatividad ni rechazo automático; simplemente significa que prefieren
construir su opinión sobre cimientos verificables en vez de aceptar paquetes
prefabricados. Requiere más esfuerzo mental —investigar, contrastar fuentes,
tolerar la incertidumbre temporal—, pero a cambio les permite llegar a
conclusiones más robustas y tomar decisiones menos influenciadas por la presión
social o el ruido colectivo. En entornos académicos, científicos, estratégicos
o empresariales, esta disposición a cuestionar es precisamente una de las
competencias más apreciadas.
3. Las charlas banales te dejan agotado con rapidez
Muchas personas disfrutan y se relajan con conversaciones
ligeras sobre el tiempo, series, cotilleos o polémicas del momento. Sin embargo,
quienes tienen una curiosidad intelectual más intensa suelen experimentar ese
tipo de intercambio como un gasto energético considerable sin apenas
retorno. No es que sean incapaces de
participar en pláticas informales —claro que pueden y a veces lo hacen—, pero
cuando esas interacciones se alargan sin aportar sustancia, sienten que están
desperdiciando capacidad mental. Lo que realmente les activa y les hace sentir
vivos son los diálogos que giran en torno a conceptos, ideas complejas,
proyectos creativos, dilemas éticos, tendencias futuras o cualquier tema que
invite a pensar más allá de la superficie. Por eso tienden a buscar (o a crear)
espacios donde el intercambio tenga mayor densidad y profundidad. En resumen, estas tres tendencias —proteger
el tiempo en soledad, someter las ideas a examen crítico y buscar
conversaciones con peso intelectual— no convierten a nadie en genio
automáticamente, pero sí suelen coincidir en personas cuya forma de procesar el
mundo es notablemente más reflexiva y selectiva.
¿Se ajustan estas tres características a tu perfil?
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(Sunday Poetry Corner) El pasado mes de diciembre 2025 el
Ateneo de Madrid incorporó a sus archivos un poema inédito del premio Nobel de
Literatura (1904), José de Echegaray. Este poema manuscrito e inédito que había
permanecido durante décadas en una colección privada ha visto de nuevo la luz y
está disponible para todos los amantes de la cultura gracias a la donación de
un particular en su deseo de contribuir a la conservación y divulgación del
legado poético de este gran hombre de ciencias y de letras.
Como se puede apreciar en la fotografía, la caligrafía de
Echegaray era espantosa, tanto que hubo que recurrir a la Inteligencia
Artificial (IA) para descifrar algunas palabras de este poema, cuya
transcripción ofrecemos a continuación.
Esta donación es un gesto que quizás anime a otras
personas que guardan en sus bibliotecas particulares documentos de interés
cultural y/o histórico, para que donen los mismos a instituciones públicas a
fin de posibilitar el acceso a los mismos a todas las personas interesadas y
preservar de esta manera dichos documentos a las generaciones futuras.
El poema que ahora ha vuelto a la vida, se titula
precisamente “La vida”:
LA VIDA
I
La vida es como el agua
de los molinos,
baja de las montañas
por entresijos,
dando reflejo a las flores
y al aire visos.
Forma después remanso,
ancho y tranquilo;
pasa bajo las piedras
que muelen trigo
por las angostas rendijas
de un canalizo,
y sale al fin deshecha
y a torbellinos
para correr unida
dentro de un río
que la lleva veloz
al mar vecino.
II
La vida es cual la nube
que lleva el viento;
por la mañana pasa
prendida al cielo,
después rojo carmín
de grana y fuego;
luego se disipa
en jirones luego
vuela al espacio
profundo y negro.
III
La vida es el oleaje
inquieto y vario
que viene desde lejos
hacia la playa:
besa la arena
por donde pasa
y deja espuma
y otra vez agua
vuelve al mar, a su ola
de otra esperanza.
(Firma: J. de Echegaray)
Notas.- En el verso “angostas rendijas / de un canalizo”,
el famoso citado “canalizo” (canal pequeño o acequia de molino) es típico del
léxico rural español del siglo XIX.
Del verso “rojo carmín”, hay que señalar que el “carmín”
es el color rojo intenso del atardecer, muy usado por los poetas de la época.
En el verso “luego se disipa / en jirones luego”, tenemos
la repetición de “luego” que es un recurso rítmico que Echegaray usaba a veces;
el primer “luego” cierra la idea de la transformación y el segundo inicia la
idea del desgarro.
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