Este es el resultado que marcan hoy los cines españoles,
11 a 3 a favor de Santiago Segura frente a Pedro Almodóvar; un fiel reflejo de
lo que el público quiere ver cuando va al cine, y un claro reflejo también de
que estamos muy necesitados de risas y vamos sobrados de dramas.
El ejemplo ilustrativo que da pie a este “marcador
deportivo” lo tenemos en los multicines de La Vaguada (Madrid). En un día como
hoy, la película de Santiago Segura “Torrente presidente” se da en 11 pases
mientras que la película de Pedro Almodóvar, “Amarga Navidad” sólo se da en tres
pases.
El primero, Segura, hace un cine para divertir al público,
para que se lo pase bien; el segundo, Almodóvar, un cine retorcido, rebuscado y
dramático que acongoja al público. El primero, Segura, no recibe premios ni
subvenciones; el segundo, Almodóvar, recibe premios y subvenciones; pero al
final el público es el que dicta sentencia y prefiere reír a llorar. Porque,
tal y como están las cosas en nuestro país, más nos vale reír un poco.
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Santiago Segura ha convertido la aparición estelar fugaz
en una de las señas de identidad más potentes del cine español contemporáneo.
Desde que en 1998 irrumpió en las pantallas con “Torrente, el brazo tonto de la
ley”, el actor y director madrileño ha hecho de los cameos no solo un recurso
cómico recurrente, sino todo un arte capaz de generar expectación, risas y,
sobre todo, conversación entre el público. Con la saga Torrente como lienzo
principal, Segura ha elevado estas breves intervenciones a la categoría de
aliciente principal para muchos espectadores, que acuden a las salas no solo
por la irreverencia de este peculiar antihéroe, sino por el juego de adivinar
quién aparecerá de sorpresa en el siguiente plano.
A lo largo de las cinco entregas anteriores, la fórmula se
ha repetido con éxito: rostros conocidos del espectáculo, la televisión, el
deporte o incluso la aristocracia cruzaban la pantalla por unos segundos o
minutos, siempre en clave de humor absurdo, autocrítico o directamente descarado.
Desde deportistas y cantantes hasta figuras mediáticas o políticos retirados,
Segura ha demostrado una habilidad especial para convencer a personalidades de
lo más variopinto de sumarse a su universo caótico. Esos guiños inesperados
funcionan como pequeñas bombas de sorpresa que mantienen al espectador en
alerta constante, convirtiendo cada visionado en una caza del tesoro cómica.
“¿Por qué no hacer ese regalo a los fans?”, ha declarado el propio Segura en
varias ocasiones, defendiendo el secreto absoluto alrededor de estas
apariciones para maximizar el factor sorpresa.
Con Torrente presidente, la sexta entrega de la saga que
llega a los cines en marzo de 2026, Santiago Segura lleva esta tradición a su
máxima expresión. La película se transforma en un auténtico festival de cameos,
un desfile interminable de caras conocidas que abarcan desde el mundo de la
televisión y la prensa hasta el espectáculo internacional. El film se convierte
en un espejo distorsionado y satírico de la actualidad política y mediática
española, donde periodistas, presentadores, colaboradores de programas
estrella, humoristas y hasta figuras de la política reciente se cruzan en el
camino del incorregible José Luis Torrente. La cinta no deja títere con cabeza
y multiplica las apariciones hasta el punto de que resulta casi imposible
captarlas todas en un solo pase.
Lo que hace único este capítulo es cómo Segura ha logrado
que los cameos no sean meros adornos, sino que formen parte orgánica del
engranaje narrativo y satírico. Cada aparición breve contribuye a reforzar el
tono esperpéntico de la propuesta, engancha al espectador en una dinámica de
“¿quién viene ahora?” y genera esa complicidad inmediata que ha convertido a la
saga en un fenómeno de culto popular. El director ha jugado con el secretismo
durante toda la promoción, evitando filtraciones y manteniendo el misterio para
que el público disfrute de la sorpresa en la sala. El resultado es una película
que, más allá de su trama central, se vive como una fiesta colectiva donde el espectador
se siente parte del chiste.
Santiago Segura no inventó el cameo —Alfred Hitchcock ya
era maestro en el arte de colarse en sus propias películas—, pero en el
contexto del cine español comercial ha logrado convertirlo en un elemento tan
definitorio como el propio personaje de Torrente. Ha transformado lo efímero en
un gancho poderoso, demostrando que una aparición de pocos segundos puede valer
más que mil palabras de marketing. Con Torrente presidente, el rey de los
cameos corona su reinado: lo que empezó como un divertimento se ha transformado
en una estrategia maestra que sigue divirtiendo, sorprendiendo y, sobre todo,
fidelizando a generaciones de espectadores que no conciben ya una nueva entrega
sin ese festival de caras inesperadas.
Segura nos recuerda que el cine también puede ser puro
juego, un espacio donde lo imprevisible y lo popular se dan la mano. Y mientras
Torrente aspira a la presidencia en la ficción, su creador ya ha conquistado,
hace tiempo, el trono indiscutible de los cameos en España.
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Castilla-La Mancha va mucho más allá de los famosos
molinos y las aventuras quijotescas. En esta vasta meseta bajo un cielo que
parece infinito se ocultan rincones naturales de una belleza casi irreal:
bosques que invitan al recogimiento, ríos que brotan con potencia, cañones
profundos donde el tiempo se detiene y formaciones geológicas que desafían la
imaginación.
Explorar estos espacios es como sumergirse en un relato
vivo tallado por el agua, la piedra y el viento. Son lugares que despiertan
admiración genuina y demuestran que esta región, famosa por su herencia
literaria, también alberga una naturaleza vibrante y salvaje que atrae a
visitantes de todas partes, convirtiéndola en uno de los destinos más
cautivadores de España.
Aquí van siete joyas naturales que merecen un lugar en tu
lista de viajes y escapadas pendientes:
1. Las Tablas de Daimiel: el oasis en la llanura seca
En el centro de Ciudad Real, los ríos Guadiana y Gigüela
se entretejen para crear uno de los humedales más singulares de Europa: Las
Tablas de Daimiel. Este Parque Nacional (declarado en 1973) es un verdadero
paraíso para la biodiversidad: más de 250 especies de aves —desde garzas
imperiales hasta flamencos y patos— lo convierten en parada obligada para
migraciones. Nutrias juguetonas, anfibios y mamíferos terrestres completan un
ecosistema que brilla con reflejos acuáticos. En medio de la árida Mancha, este
rincón demuestra que la vida siempre encuentra su camino, incluso donde menos
se espera.
2. El Hayedo de Tejera Negra: un bosque mágico en el sur
En la Sierra Norte de Guadalajara se encuentra uno de los
hayedos más septentrionales... espera, no: uno de los más meridionales de todo
el continente. El Hayedo de Tejera Negra parece sacado de un cuento: un
silencio profundo interrumpido solo por el susurro de las hojas y el crujido de
las ramas. Primavera trae verdes
intensos, otoño enciende tonos dorados y rojizos espectaculares, e invierno lo
cubre de melancolía plateada. Desde 2017 forma parte del Patrimonio Mundial de
la UNESCO (como extensión de los hayedos primarios europeos). Sus senderos
—como la Senda de Carretas o la del Robledal— serpentean entre hayas
centenarias, robles, abedules y pinos, donde es común avistar corzos, zorros o
el vuelo majestuoso del águila real.
3. Parque Nacional de Cabañeros: el "Serengeti"
manchego
A caballo entre Toledo y Ciudad Real se extiende
Cabañeros, uno de los últimos reductos del bosque mediterráneo en buen estado.
Llanuras abiertas salpicadas de encinas, alcornoques y jaras albergan una fauna
emblemática: linces ibéricos, buitres negros, águilas imperiales, ciervos y
jabalíes. Cada otoño, la berrea
transforma el silencio en un espectáculo sonoro inolvidable: los bramidos de
los ciervos en celo resuenan como un concierto primitivo. Este parque casi
desapareció en los 80 por planes militares, pero la movilización ciudadana lo
salvó y en 1995 se declaró Parque Nacional. Un testimonio de que la naturaleza,
cuando se defiende, puede perdurar.
4. Nacimiento del río Mundo: la explosión de agua
En la provincia de Albacete, en el término de Riópar, la
sierra guarda uno de los espectáculos más impresionantes: el nacimiento del río
Mundo. Desde una pared rocosa vertical, el agua surge con fuerza brutal en lo
que llaman "el reventón", cayendo en cascada de unos 86 metros de
altura. Abajo, pozas turquesas (las
calderetas) y un entorno de vegetación exuberante crean un contraste mágico con
la montaña caliza. Miradores permiten admirar cómo la tierra libera vida con
estruendo y belleza. Un lugar que deja sin aliento a cualquiera que lo visite.
5. Parque Natural del Alto Tajo: cañones sin fin
Entre Guadalajara y Cuenca se despliega el Alto Tajo, un
paisaje de dimensiones épicas: hoces profundas, cañones vertiginosos y
barrancos que parecen tallados por titanes. Este parque alberga una enorme
diversidad botánica (cerca del 20 % de la flora ibérica) y es refugio de
rapaces como halcón peregrino, buitre leonado y águila real. El río Tajo y sus afluentes han esculpido un
mundo de verticalidad y silencio que inspiró novelas como El río que nos lleva
de José Luis Sampedro. Ideal para senderismo, observación de aves o simplemente
dejarse impresionar por la inmensidad.
6. Valle del Cabriel: pureza y transparencia
Declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 2019, el
Valle del Cabriel es uno de esos secretos bien guardados. El río homónimo ha
modelado a lo largo de milenios hoces impresionantes, pozas de agua cristalina
y barrancos que cuentan la historia geológica de la zona. Encinas, pinos y vegetación riparia dan
cobijo a numerosas aves rapaces y fauna discreta. Sus senderos invitan a
caminar entre frescor, tranquilidad y una sensación de conexión profunda con un
entorno intacto, perfecto para desconectar y recargar energías.
7. Ciudad Encantada: esculturas de piedra vivas
Cerca de Cuenca, en la Serranía, aguarda la Ciudad
Encantada: un laberinto de formaciones calizas moldeadas por millones de años
de erosión. Rocas que parecen barcos petrificados, setas gigantes, torres
imposibles, figuras de animales o incluso parejas abrazadas (los famosos
"Amantes de Teruel" en piedra).
Declarado Sitio Natural de Interés Nacional, caminar entre estos caprichos
geológicos rodeados de pinos es como entrar en un museo al aire libre donde la
imaginación se dispara. Un lugar que mezcla ciencia, fantasía y asombro puro.
Estos siete destinos no son meros paisajes: son
experiencias que se quedan grabadas, momentos de conexión con algo más grande
que nosotros. Si aún no los has descubierto, Castilla-La Mancha te está
esperando con su versión más salvaje y hermosa. ¿Cuál te llama más la atención
para tu próxima escapada?
“Memorias de un Dircom”:
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Parece un chiste malo o un consejo de película barata de
los años 80, pero es una de las recomendaciones más repetidas –y más reales– en
manuales de autodefensa y decálogos de seguridad personal desde hace décadas.
El punto nº 9 de uno de esos listados clásicos, que circuló ampliamente en los
2000 y aún se comparte en redes y talleres feministas, lo dice sin rodeos: “En
cualquier situación de peligro, en el caso que tenga que gritar, grite siempre
‘¡Fuego! ¡Fuego!’ y muchas más personas acudirán (curiosos). En el caso que su
grito sea ‘¡Socorro!’ la mayoría de las personas se abstiene, por miedo”.
¿Por qué funciona así? Porque el ser humano, en su versión
más cobarde y calculadora, responde mejor a una amenaza que le afecta
directamente que a un drama ajeno. “¡Socorro!” o “¡Auxilio!” implican
involucrarse: acercarse a un posible agresor, arriesgarse a una pelea, a una
puñalada, a meterse en problemas legales o simplemente a presenciar algo
desagradable. La mayoría opta por mirar para otro lado, seguir caminando o, en
el mejor de los casos, llamar a la policía desde lejos mientras finge que no ha
visto nada. Es el famoso efecto espectador en estado puro: cuanto más gente hay
alrededor, menos probable es que alguien actúe, porque todos piensan “ya lo
hará otro”.
Pero “¡Fuego!” cambia el guion. De repente, el peligro es
colectivo: si hay fuego, el humo puede llegar a todos, las llamas pueden
extenderse, el edificio puede venirse abajo. Curiosidad, instinto de
supervivencia y miedo egoísta se activan al unísono. La gente sale a la
ventana, se asoma al portal, baja a la calle. No por heroísmo, sino por autoprotección.
Y en ese revuelo, la víctima gana tiempo, testigos, quizás ayuda real.
Este truco no es nuevo ni inventado por algún gurú de la
defensa personal. Aparece en artículos de prensa desde hace más de quince años,
en talleres contra agresiones sexuales (sobre todo dirigidos a mujeres), en
consejos de supervivencia urbana y hasta en publicaciones que recopilan “tips”
de violadores arrepentidos en prisión. Todos coinciden: gritar “socorro” aísla;
gritar “fuego” moviliza.
Y aquí viene lo que duele: que tengamos que recurrir a
esta artimaña para que nos ayuden dice mucho –y muy poco halagador– de nosotros
como sociedad. En un mundo ideal, un grito de “¡Me están agrediendo!” debería
bastar para que varias personas corrieran en auxilio sin pensarlo dos veces.
Debería ser la norma, no la excepción. Pero no: hoy día, intervenir en una
pelea callejera, en un forcejeo en el metro o en un intento de agresión sexual
se considera “heroico”. Heroico. Como si defender a otro ser humano fuera un
acto extraordinario, reservado a superhéroes de cómic o a gente con medallas al
valor.
Lo trágico es que esa heroicidad es la excepción porque la
insolidaridad es la regla. Miramos el móvil, aceleramos el paso, murmuramos
“qué barbaridad” y seguimos con nuestra vida. Porque “no es mi problema”,
porque “puede ser peligroso”, porque “igual no es para tanto”. Excusas que nos
contamos para dormir tranquilos.
Mientras tanto, las víctimas –mujeres sobre todo, pero
también hombres, niños, ancianos– siguen solas en el peor momento de sus vidas.
Y los agresores lo saben: cuentan con nuestra pasividad, con ese pacto tácito
de no meternos donde no nos llaman.
Así que sí: si te atacan, grita “¡Fuego!”. Es pragmático,
efectivo y triste a partes iguales. Pero no dejemos que sea solo un truco de
supervivencia. Deberíamos avergonzarnos de necesitarlo. Deberíamos educar a
nuestros hijos, a nuestros vecinos, a nosotros mismos, para que un grito de
auxilio –sea del tipo que sea– nos saque de la parálisis y nos impulse a
actuar.
Porque si gritar “fuego” es lo que funciona, algo se nos
ha roto por dentro. Y reconstruirlo empieza por dejar de ser espectadores y
empezar a ser personas. Esa es la realidad.
Novelas con corazón
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El mercado laboral está en constante cambio… y recesión.
Cada vez es más difícil encontrar un buen trabajo y profesiones que antes eran
muy atractivas hoy son sinónimo de “paro”. Pero no pierdas la esperanza, porque
también hay profesiones a las que no afecta la crisis e incluso aparecen otras nuevas
con necesidad de cubrir puestos de trabajo.
Por eso os voy a ofrecer unos ejemplos de profesiones en
las que, si estáis preparados para ello, podréis encontrar trabajo y muy bien
remunerado. Esto va muy en serio, aunque lo vista de broma…
Abogado de la industria farmacéutica.- Los laboratorios cada
vez contratan más letrados. Uno se pregunta… ¿en qué estarán pensando
exactamente? (Spoiler: en demandar a medio mundo y defenderse de la otra
mitad).
Auditor “creativo”.- Cualquier empresa que quiera
aparentar seriedad pagará fortunas a auditores que les digan exactamente lo que
quieren oír. El dinero para pagarles sale de… recortes de personal, publicidad,
I+D, ayudas sociales… ya sabes, lo prescindible.
Consultor de sostenibilidad y lavado verde.- Las empresas
necesitan urgentemente parecer ecológicas. Da igual que sigan contaminando: con
un buen PowerPoint lleno de “net zero”, “ESG” y arbolitos en el logo ya vale.
Negocio en auge.
Detective privado 2.0 (especializado en trapos sucios
políticos).- No vale cualquiera. El negocio está en encontrar (o fabricar) el
escándalo perfecto y vendérselo al partido contrario justo antes de las
elecciones. Margen brutal, demanda constante.
Experto en Inteligencia Artificial.- Ironía máxima: la IA
va a dejar sin empleo a millones… pero precisamente a los que saben manejarla
bien no les toca. De momento. (Y este “de momento” me lo ha dicho precisamente
una IA).
Ingeniero/robótico de mantenimiento.- Alguien tiene que
reparar, reprogramar y evitar que los robots se rebel… o se caigan por las
escaleras. Cuantos más robots quitan empleos, más humanos hacen falta para que
no fallen estrepitosamente.
Creador de contenido para videojuegos y mundos virtuales.-
Cuando la IA y los robots hagan todo el trabajo “real”, a la humanidad solo le
quedará escaparse a metaversos y videojuegos ultra-adictivos. Los que sepan
diseñarlos tendrán trabajo asegurado.
Especialista en ciberseguridad (o hacker ético… o no tan
ético).- Cada semana hay un nuevo ciberataque millonario. Las empresas pagan lo
que haga falta para que no sean ellas las siguientes. Y los que saben atacar…
también saben defender (o chantajear discretamente).
Gestor de influencers y creadores de contenido
“polémico”.- En un mundo saturado de atención, el que genera indignación
rentable es rey. Los managers que saben colocar el drama justo en el límite
(sin caer en la cancelación total) cobran comisiones estratosféricas.
Inspector de la SGAE (o su equivalente futuro).- Cada año
inventan una nueva forma de cobrar derechos. Pronto incluirán silbidos por la
calle, tarareos en la ducha y el “piiiiip” del microondas. La creatividad
recaudatoria no tiene límites.
Intermediario global “low cost
– high margin”.- Compra en cualquier sitio donde la mano de obra
cueste menos que un café y vende en España/Europa 15–30 veces más caro. El
talento está en la logística… y en la cara dura.
Técnico de servicios funerarios.- Cliente 100 % cautivo,
cero morosidad, demanda anticíclica total. Ni la IA ni la robótica han
encontrado aún la forma de sustituir este servicio. Negocio eterno.
Político profesional.- Por mucha crisis que haya, sigue
siendo de las profesiones mejor pagadas, con mejores jubilaciones y con mayor
capacidad de auto-generar empleo… para familiares, amigos y compañeros de
partido.
Sindicalista “de salón”.- Con tal de ser dócil con el
gobierno de turno, llegan subvenciones, liberados, cargos públicos posteriores
y mariscadas casi diarias. La lucha obrera… pero desde la poltrona.
Terapeuta de duelo digital / “coach de desconexión”.- La
gente está agotada de estar siempre conectada, de la FOMO, de la dopamina
barata. Los que enseñen a desconectar (o al menos a fingir que desconectan) van
a tener lista de espera hasta 2030.
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