La frase que Bill Murray pronuncia en Tootsie (1982)
captura con precisión mordaz una de las imposturas más persistentes en ciertos
círculos culturales: su personaje, Jeff Slater, un dramaturgo de vanguardia
frustrado y alcohólico, confiesa que lo que más le satisface no es que alguien
le diga “me encantó tu obra, me emocioné”, sino que le confiese: “Vi tu obra… ¿de
qué trataba?”. En otras palabras, lo que valora es la confusión genuina del
espectador, la opacidad que obliga a cuestionar, porque en su mundo
pretencioso, la claridad sería una derrota.
Esta anécdota cinematográfica sirve como epítome perfecto
de lo que hoy llamamos intelectuales de pacotilla: individuos que carecen de
profundidad real en conocimientos o habilidades, pero que se autoproclaman
guardianes de la alta cultura. Se trata de una élite autodesignada que opera en
el arte contemporáneo, el teatro experimental y la crítica cultural, donde la
oscuridad, la vacuidad y la provocación gratuita se disfrazan de genialidad.
Un ejemplo recurrente ilustra esta farsa de manera casi
caricaturesca. En múltiples ocasiones, “obras de arte moderno” han sido confundidas con basura por
el personal de limpieza y eliminadas sin piedad. En 2014, en la Sala Murat de
Bari (Italia), una limpiadora tiró a la basura obras hechas con periódicos
arrugados, cartones y migas de galletas que formaban parte de la exposición
Mediating Landscape, valoradas en unos 10.000 euros. En 2015, en el Museion de
Bolzano, otra empleada de limpieza barrió y embolsó una instalación de los
artistas Goldschmied & Chiari que simulaba los restos de una fiesta
decadente de los años 80: colillas, botellas vacías de champán y confeti. Casos
similares se repiten desde hace décadas, como el de Damien Hirst en 2001 o
Gustav Metzger en Tate Britain en 2004. Lo irónico no es solo el malentendido
—comprensible, dada la estética deliberadamente caótica—, sino la indignación
posterior de curadores y críticos que defienden la “obra” como un profundo
comentario sobre el consumismo o la efímera sociedad. Mientras tanto, la señora
de la limpieza, con su sentido común práctico, actúa como el único juez honesto
del emperador desnudo.
En el teatro ocurre algo parecido. Las “obras de
vanguardia” a menudo consisten en monólogos interminables sin trama, silencios
eternos interrumpidos por ruidos inexplicables, actores que repiten frases sin
sentido o escenografías minimalistas que rayan en la pereza creativa. Un tropel
de supuestos intelectuales acude a estas funciones, asiste en silencio
reverencial y, al salir, asiente con gravedad, murmura elogios vagos como
“provocador”, “subversivo” o “necesario”, aunque en su interior se hayan
aburrido soberanamente y no hayan captado ni la mitad del supuesto mensaje (si
es que lo había, que es mucho suponer). Nadie se atreve a admitir la evidencia:
aquello era un bodrio pretencioso. Preguntar “¿de qué trataba?” equivaldría a
confesar ignorancia, y en ese ambiente, la ignorancia confesada es peor que la
mediocridad.
Pero el verdadero peligro de estos intelectuales de
pacotilla no reside solo en su impostura estética, sino en su función social y
política. Al retroalimentarse mutuamente en un circuito cerrado de adulación y
subvenciones públicas, crean un ecosistema donde la simpleza se disfraza de
sofisticación. Esta pose los convierte en un excelente caldo de cultivo para
líderes políticos astutos. Algunos reafirman sus prejuicios y vaguedades para
luego introducirles gradualmente las narrativas que les convienen: ideologías
simplistas envueltas en jerga posmoderna. Otros, más pragmáticos, optan por el
camino directo: becas, cargos en instituciones culturales, invitaciones a
festivales, columnas en medios afines. A cambio, obtienen un rebaño de
estómagos agradecidos que, en elecciones o debates públicos, repiten consignas
sin cuestionarlas, convencidos de su superioridad moral e intelectual.
En última instancia, estos “intelectuales” no elevan el
debate cultural; lo degradan. Contribuyen a una sociedad donde la confusión se
premia como profundidad, la vacuidad como audacia y el sentido común como
vulgaridad. Mientras tanto, el público genuino —el que paga entradas, visita
museos o simplemente quiere entender— se aleja, hastiado. Y los verdaderos
creadores, aquellos capaces de emocionar, contar historias o provocar reflexión
real, quedan marginados por no encajar en el juego de la pose.
Quizá sea hora de aplicar el criterio de Bill Murray a
gran escala: en lugar de aplaudir lo incomprensible por miedo a parecer
incultos, exijamos claridad, sustancia y honestidad. Porque si una obra —sea
pintura, instalación o teatro— necesita un manual de instrucciones para no ser
tomada por basura, tal vez no sea arte, sino simplemente basura con
pretensiones. Y los que la defienden a capa y espada, sin atreverse a preguntar
“¿de qué trata?”, simplemente son sólo eso: intelectuales de pacotilla.
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