Decía José María García, uno de los periodistas deportivos
más influyentes de la historia reciente en España, que “el rumor es la antesala
de la noticia”. La frase, convertida ya en clásico del argot periodístico,
tenía su lógica en un contexto donde muchos adelantos informativos nacían de
soplos, confidencias y murmullos de vestuario o de pasillos institucionales.
Cuando ese rumor se sustentaba en fuentes fiables y acababa confirmándose con
hechos contrastados, efectivamente actuaba como antesala: el anticipo razonable
de una verdad que tarde o temprano saldría a la luz.
Sin embargo, lo que en su origen podía entenderse como una
defensa pragmática del periodismo de fuentes y contactos ha mutado, en
demasiadas ocasiones, en una excusa para publicar especulaciones sin rigor. Hoy
asistimos con frecuencia a un fenómeno preocupante: medios que convierten el
rumor en titular principal, lo airean con entusiasmo y lo revisten de supuesta
verosimilitud mediante expresiones cautelosas (“según fuentes cercanas”, “se
dice en los mentideros”, “no se descarta que…”). Si el rumor termina
materializándose, llega el clásico “como ya adelantamos” con tono de victoria.
Si se desinfla o resulta falso, las opciones son varias y casi ninguna
honorable: silencio absoluto (el tema desaparece del radar como si nunca
hubiera existido), rectificación diminuta en una esquina de la web o la
socorrida justificación de última hora: “no pudo ser porque a última hora
cambiaron de opinión”, “se cayó por circunstancias imprevistas” o cualquier
otra fórmula que permita salvar la cara sin asumir responsabilidad.
Este mecanismo no es inocuo. Contribuye a enturbiar el
debate público, genera expectativas infundadas, daña reputaciones y, sobre
todo, erosiona la credibilidad del periodismo en su conjunto. En un ecosistema
saturado de información —y desinformación— el lector cada vez distingue menos
entre lo que está verificado y lo que es mera especulación interesada. Y cuando
la distinción se difumina, pierde todo el sistema.
El buen periodismo debería tener una regla clara e
innegociable: si hay evidencias contrastables, no es rumor, es noticia. Si las
evidencias son débiles, parciales o inexistentes, lo honesto es callar,
investigar más o, como mucho, señalar que “circula la versión de que…” dejando
meridianamente claro que se trata de algo no comprobado. Publicar por publicar,
solo porque “suena” o porque puede generar clics, visitas y conversación en
redes, equivale a confundir el oficio con el espectáculo.
Ejemplos sobran en los últimos años. Hemos visto cómo
supuestos fichajes, dimisiones inminentes, pactos políticos secretos o
escándalos inminentes se han anunciado con bombo y platillo para evaporarse
semanas después sin mayor explicación. En el terreno político, económico o del
corazón, la dinámica es similar: lanzar la piedra y esconder la mano. Si
acierta, gloria; si falla, siguiente tema. El tiempo medio de vida de muchas de
estas “exclusivas” antes de ser desmentidas o simplemente olvidadas es cada vez
más corto.
Desterrar el rumor como práctica habitual no significa
renunciar a la investigación ni a las fuentes. Al contrario: exige más trabajo,
más contraste, más paciencia. Significa entender que el periodismo no es una
carrera de velocidad por ver quién publica primero, sino una responsabilidad
con la verdad y con la ciudadanía. Porque cuando el rumor se convierte en
moneda corriente y sustituye al periodismo verificado, todos perdemos: el
lector, que se desorienta; la profesión, que pierde prestigio; y la democracia,
que necesita hechos fiables para funcionar.
En definitiva, el rumor puede ser, en el mejor de los
casos, una pista. Pero nunca debería ser la noticia en sí misma. Si no hay
pruebas sólidas, más vale guardar silencio y seguir trabajando. El silencio, a
veces, es el mejor titular posible.
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