domingo, 1 de febrero de 2026

Un rumor no es una noticia

Decía José María García, uno de los periodistas deportivos más influyentes de la historia reciente en España, que “el rumor es la antesala de la noticia”. La frase, convertida ya en clásico del argot periodístico, tenía su lógica en un contexto donde muchos adelantos informativos nacían de soplos, confidencias y murmullos de vestuario o de pasillos institucionales. Cuando ese rumor se sustentaba en fuentes fiables y acababa confirmándose con hechos contrastados, efectivamente actuaba como antesala: el anticipo razonable de una verdad que tarde o temprano saldría a la luz.
 
Sin embargo, lo que en su origen podía entenderse como una defensa pragmática del periodismo de fuentes y contactos ha mutado, en demasiadas ocasiones, en una excusa para publicar especulaciones sin rigor. Hoy asistimos con frecuencia a un fenómeno preocupante: medios que convierten el rumor en titular principal, lo airean con entusiasmo y lo revisten de supuesta verosimilitud mediante expresiones cautelosas (“según fuentes cercanas”, “se dice en los mentideros”, “no se descarta que…”). Si el rumor termina materializándose, llega el clásico “como ya adelantamos” con tono de victoria. Si se desinfla o resulta falso, las opciones son varias y casi ninguna honorable: silencio absoluto (el tema desaparece del radar como si nunca hubiera existido), rectificación diminuta en una esquina de la web o la socorrida justificación de última hora: “no pudo ser porque a última hora cambiaron de opinión”, “se cayó por circunstancias imprevistas” o cualquier otra fórmula que permita salvar la cara sin asumir responsabilidad.
 
Este mecanismo no es inocuo. Contribuye a enturbiar el debate público, genera expectativas infundadas, daña reputaciones y, sobre todo, erosiona la credibilidad del periodismo en su conjunto. En un ecosistema saturado de información —y desinformación— el lector cada vez distingue menos entre lo que está verificado y lo que es mera especulación interesada. Y cuando la distinción se difumina, pierde todo el sistema.
 
El buen periodismo debería tener una regla clara e innegociable: si hay evidencias contrastables, no es rumor, es noticia. Si las evidencias son débiles, parciales o inexistentes, lo honesto es callar, investigar más o, como mucho, señalar que “circula la versión de que…” dejando meridianamente claro que se trata de algo no comprobado. Publicar por publicar, solo porque “suena” o porque puede generar clics, visitas y conversación en redes, equivale a confundir el oficio con el espectáculo.
 
Ejemplos sobran en los últimos años. Hemos visto cómo supuestos fichajes, dimisiones inminentes, pactos políticos secretos o escándalos inminentes se han anunciado con bombo y platillo para evaporarse semanas después sin mayor explicación. En el terreno político, económico o del corazón, la dinámica es similar: lanzar la piedra y esconder la mano. Si acierta, gloria; si falla, siguiente tema. El tiempo medio de vida de muchas de estas “exclusivas” antes de ser desmentidas o simplemente olvidadas es cada vez más corto.
 
Desterrar el rumor como práctica habitual no significa renunciar a la investigación ni a las fuentes. Al contrario: exige más trabajo, más contraste, más paciencia. Significa entender que el periodismo no es una carrera de velocidad por ver quién publica primero, sino una responsabilidad con la verdad y con la ciudadanía. Porque cuando el rumor se convierte en moneda corriente y sustituye al periodismo verificado, todos perdemos: el lector, que se desorienta; la profesión, que pierde prestigio; y la democracia, que necesita hechos fiables para funcionar.
 
En definitiva, el rumor puede ser, en el mejor de los casos, una pista. Pero nunca debería ser la noticia en sí misma. Si no hay pruebas sólidas, más vale guardar silencio y seguir trabajando. El silencio, a veces, es el mejor titular posible.
 

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